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Capítulo V (narrado por Sabela)

domingo, 16 de mayo de 2010


Luces bermejas como la sangre. El resto solo era oscuridad. Gárgolas de cartón piedra, con aspecto amenazante, se apiñaban en las paredes, advirtiéndonos que aquel no era un buen lugar. “Our Solemn Hour” de Within Temptation sonaba en el ambiente, cargándolo de misterio y convirtiendo aquel en un lugar más inquietante todavía. Las frases en latín que salían de los labios de la cantante, despedidas con ira, parecían introducirse en mis oídos, haciendo que una extraña sensación se asentase en mi mente. Supuse que aquel sería el miedo. Mujeres melancólicas, ataviadas con vestidos y corsés, y hombres siniestros y un tanto inquietantes vagaban como almas en pena por la estancia. Y yo era una de ellas.



Me senté en una silla enfrente a la barra, con cuidado de no arrugar demasiado mi falda negra. Se acercó a mí la atractiva Diana, camarera del garito, y clavó en mí sus lentillas rojas, apoyando sus pechos embutidos en una camiseta de cuero en el mostrador, como si fuese una sensual vampiresa.

-¿Qué te pongo, cielo?-preguntó, con aquella voz grave que la caracterizaba.

-Lo de siempre.-respondí, sonriendo forzadamente.

Miré fijamente cómo se alejaba para preparar mi bebida. Giré la cabeza un instante y vi a mi lado a un chico aproximadamente de mi misma edad bebiendo una copa de vino tinto. Tenía el pelo rubio, más o menos por la cintura, la piel pálida y los ojos blanquecinos; supuse que serían lentillas, al igual que las de Diana. Me miró, nos miramos. Al ver que tenía algo de interés en él, se acercó lentamente a mí, hasta el punto de llegar a escuchar su respiración en medio del barullo que había en el local.

-Hola guapa.-dijo, sin más rodeos.

-Hola guapo.

-Te noto muy pensativa, ¿te pasa algo?

-No, solamente estaba dándole vueltas a lo efímera que es la existencia humana.

Era cierto, el asunto de Amy me había hecho pensar en ello.

-Estoy de acuerdo contigo.-respondió.

Me di la vuelta, para poder verle con mayor claridad. Sabíamos que ambos estábamos allí por lo mismo: Pillar. ¿De qué serviría demorar lo evidente? Me agarré a su cuello y se lo mordí, dejando que él me acariciase las caderas. De repente, estando abrazada a él, abrí los ojos a su espalda y lo que vi se me quedó eternamente gravado. Un hombre. Estaba sentado detrás de la barra, en una de las mesas. Sus ojos profundamente verdes parecían querer atraparme en su interior, ahogarme sin piedad. Mechones de su cabello oscuro caían sobre sus hombros como fuentes de agua turbia. Emanaban grácilmente humo sus sensuales labios, protegidos por un bigote y una perilla. Un irrefrenable impulso me ordenaba acudir al encuentro de su piel mortecina, blanca como la Muerte, pero no debía. Tenía que acabar lo que había empezado con Blade; de lo contrario, quedaría como una vulgar puta delante de aquel bello desconocido, que me miraba fijamente. Sonrió, y en aquella sonrisa perfecta no existía ningún tipo de tara. Cerré los ojos. No podía caer en la tentación. Aquel Adán, que estaba buscado una Eva con la que compartir toda su vida, se había encontrado con una descarriada Lilit con la que compartiría una noche. O quizás él era el afortunado. Volví a abrirlos. Necesitaba volver a verle otra vez. Al hacerlo, comprobé que había desaparecido, se había desvanecido, como un hermoso espíritu, una ilusión, un delirio. ¿Sería solamente producto de mi imaginación? Eso temí.

Antes de que me diese cuenta, me encontraba en la entrada de mi casa, sintiendo las manos de Blade acariciar todo mi cuerpo y desabrochar, poco a poco, la cremallera de mi corsé. Cerré la puerta con un golpe seco de mis caderas y nos dirigimos a la habitación, dejando en el aire un sendero de besos. Me tumbó en la cama bruscamente y se situó encima de mí, en actitud dominante. Le desnudé, lo más rápido que pude, y dejé que me poseyera. Aunque, en cierto modo, no era él el que lo estaba haciendo, sino aquel misterioso desconocido de la Agnus Dei. No había dejado de pensar en él ni un solo momento desde que lo había visto, mirándome fijamente con aquellos ojos verdes. Me había obsesionado enfermizamente con una persona de la que desconocía mismo su propia existencia. Sentí que era él aquel que me acariciaba, me besaba, y mi placer se multiplicaba al hacerlo. Quise gritar su nombre, decirle lo muchísimo que lo necesitaba. Al no saberlo, de mi boca solamente se escapó un alarido, con el que parecía estar llamándole desesperadamente, sin obtener ningún tipo de respuesta. Luego, calma. Silencio.

Me desperté, sin necesidad de despertador. Estaba acostumbrada a levantarme a la misma hora siempre, aunque remolonease el fin de semana. Aparté las sábanas y me puse de pie, completamente desnuda. Giré la cabeza. Joaquín, Blade, dormía plácidamente. Sonreí levemente. Salí de la habitación, con el albornoz en la mano, provocando un sordo ruido al cerrar la puerta.

Me metí en la ducha. El agua que golpeaba mi piel estaba tan caliente como el fuego que con tanta fuerza había ardido aquella noche. Quise traer a mi mente, desnuda y lúbrica, la imagen de aquel hombre misterioso, mirándome fijamente con aquellos ojos verdes. Me había obsesionado enfermizamente con una persona de la que desconocía mismo su propia existencia. Sentí que era él aquel que me acariciaba, me besaba, y mi placer se multiplicaba al hacerlo. Quise gritar su nombre, decirle lo muchísimo que lo necesitaba. Al no saberlo, de mi boca solamente se escapó un alarido, con el que parecía estar llamándole desesperadamente, sin obtener ningún tipo de respuesta. Luego, calma. Silencio.

Me desperté, sin necesidad de despertador. Estaba acostumbrada a levantarme a la misma hora siempre, aunque remolonease el fin de semana. Aparté las sábanas y me puse de pie, completamente desnuda. Giré la cabeza. Joaquín, Blade, dormía plácidamente. Sonreí levemente. Salí de la habitación, con el albornoz en la mano, provocando un sordo ruido al cerrar la puerta.

Me metí en la ducha. El agua que golpeaba mi piel estaba tan caliente como el fuego que con tanta fuerza había ardido aquella noche. Quise traer a mi mente, desnuda y lúbrica, la imagen de aquel hombre misterioso, mirándome con aquellos ojos hechizantemente verdes, fumando con suavidad. ¡Y quien fuese humo para estar dentro de él, aunque solo fuese el breve instante que dura coger y expulsar aire! Rozar sus labios, deslizarme por su tráquea, acariciar sus pulmones grácilmente. Lo que habría dado por haber pasado con él la noche. Lo habría envuelto en mis brazos y le brindaría todos los placeres que pudiera imaginarse. Como si me tratase de una sensual diosa de la oscuridad. Sería el dueño total de mi cuerpo; mis ojos, mis labios, mi cuello, mis pechos, mi vientre, mi sexo… Le pertenecerían plenamente, y con ellos podría hacer lo que le antojase. Poco a poco, mi alma se iría convirtiendo en otra de sus muchas propiedades, y también podría jugar con ella. Podría excitarla, podría amarla, podría destrozarla, sin obtener por mi parte ni la más mínima queja. Todo mi ser, todo lo que soy, le pertenecerían, y ciertamente le pertenecían, a él. A mi fruto prohibido, a mi fantasma, a mi mayor tentación, a mi desconocido… A mi Adán.

-¡Aaaah!-un grito.

Me sobresalté. Era de un hombre, claramente. Al no escuchar más chillidos pensé que podrían haberle hecho algo a Blade. Salí de la ducha apresurada y me tapé con una toalla, a modo de vestido. Lo único que vi al llegar a la entrada, fuente de aquel ruido, fue que Blade se encontraba enfrente de la puerta abierta, completamente desnudo. El que estaba al otro lado era Heikki, que temblaba, con las mejillas pálidas.

-Heikki, ¿qué haces aquí?-le pregunté, tapándome con recelo.

-Ha… Ha habido otro asesinato.

-¿Dónde?-aquellas palabras me despertaron más que cualquier ducha o cualquier despertador del mundo.

-En la mansión de las Castro de nuevo. Dicen que vayamos de inmediato.

-De acuerdo, me voy a vestir enseguida.

-Y yo.-respondió esta vez Blade.

Nos dirigimos ambos a la habitación. Él se puso la ropa que había traído la otra noche. Yo, simplemente, me atavié con un pantalón negro con el símbolo del grupo HIM en un bolsillo trasero y el de Evanescence en el otro y una camiseta negra con unos gatitos. Salí apresurada, acompañada por los dos, y nos metimos en el ascensor. Heikki no le quitaba ojo a Blade, un poco horrorizado. Yo no me podía quitar aún de la mente a aquel desconocido, y clavaba la imagen en el espejo, como si su reflejo se me fuese a aparecer de un momento a otro.

Fuimos en el coche de Heikki a Buño. La verdad es que no me gusta mucho viajar en coche, pues me mareo, aunque abrí un poco la ventana. Vi como Blade se alejaba en dirección contraria al coche en marcha, con algo de resaca. Apenas hablé con Heikki en todo el viaje, solamente le pregunté cómo sabía dónde estaba mi casa.

-Me lo dijo Helena.-respondió.- Tuvo que mirar en tu expediente.

Luego, me puse los cascos y me perdí en la atmósfera de Evanescence. La cantante, con voz dulce, casi llorosa, me parecía relatar aquello que yo quería oír.



"Someday
We’ll be together again.
All just a dream in the end.
We’ll be together again."

Volveremos a estar juntos… Cerré los ojos. Quizás si lo deseaba con la suficiente fuerza… Me llamé a mí misma ingenua mil y una veces. Pero, ¿qué tenía de malo soñar?

Llegamos a Buño en poco más de media hora. Otra vez, la gente se aglomeraba en las calles, alrededor de la mansión, en busca de respuestas y cotilleos frescos. En la acera de enfrente había aparcada una ambulancia, en cuyo interior se encontraba una mujer de unos 40 y tantos años, vestida con ropa de deporte, temblando y rompiendo a llorar cada poco tiempo. Nos bajamos del coche, el cual aparcamos detrás de la ambulancia, y nos acercamos a la testigo.

-Señora,-dije- somos Sabela Suárez y Heikki Waltari, de la policía. ¿Puede contarnos cómo descubrió el cadáver?

Temí haber sido algo brusca, pero necesitaba saberlo cuanto antes. Dos muertes, en el mismo lugar y en tan poco tiempo era algo demasiado casual. Ella, sin mirarnos a los ojos, nos respondió entre lágrimas:

-Estaba paseando y la vi en la ventana…-señalaba hasta la parte más alta de la casa.-En la ventana….-volvió a echarse a llorar.

-¿Vio a alguien sospechoso por los alrededores?-intervino Heikki.

-Estaba yo sola. La vi a las 7 de la mañana. No había nadie despierto por aquí.

-¿Recuerda algo que le pareciera extraño, aparte de lo del cadáver?

-No…No lo sé, estoy confusa…


-No se preocupe.-dije, entregándole una tarjeta- Si recuerda algo más, llámenos a este número.
Ella aceptó mi ofrecimiento y la guardó en el bolsillo del chándal. Sonreí levemente, mientras me daba la vuelta, acercándome al lugar del crimen, seguida de Heikki, con mi maletín en la mano. Después de mostrarles nuestras identificaciones a los policías que custodiaban la puerta, nos dejaron entrar. Subimos las escaleras casi corriendo. Intacta se encontraba la escena del crimen. Una mujer pelirroja miraba por la ventana.

Al aproximarnos, vimos que sus manos se encontraban atadas a un par de clavos con dos hilos finos. Su cabeza se encontraba ladeada, cubierta de cabellos cobrizos que caían sobre la cornisa. Llevaba puesto un vestido de flores y encaje, estilo lolita. En sus pies, unos calcetines largos cubrían sus piernas, y relucían unos zapatitos negros, como de niña. Estaba de puntillas. La moví un poco. Grácilmente, como una princesa que luce su baile, la cuerda se estiró y la mujer nos mostró su rostro.

La estructura de un hilo negro cerraba sus dos labios rojos, impidiéndole soltar la menor expresión de dolor. Sus ojos eran de cristal brillante, azules. Era como si una muñeca de porcelana se los hubiese prestado, para saber cómo se veía a través de ellos. Una de sus manos no tenía dedos, al igual que con las otras víctimas. Su piel, extremadamente blanca, aún no había sido del todo presa del rigor mortis. Y permanecía mirándonos fijamente, esperando una respuesta, una frase, una palabra que resumiera su macabra belleza. Fue Heikki quien la pronunció, torciendo la cabeza:

-Es horrible.

Llamé al resto del equipo para bajarla de allí, después de sacarle unas cuantas fotografías. En cuanto estuvo acostada en el suelo, aun conservando los brazos levantados y los pies de puntillas, examiné su rostro.

-Parece que las suturas de la boca y la implantación de los ojos de cristal ocurrió pre-mortem, por lo que sugieren las heridas de alrededor.

-Ay, madre.-se quejó Heikki, dándose la vuelta.

-Oye,-le dije.- si ves qué tal, vete a otra habitación. Lo que faltaba ahora era que contaminaras esta escena del crimen también.

Me obedeció, en contra de lo que podía pensar. En cuanto me vi sola, le tomé la temperatura de hígado al cadáver. Había fallecido aproximadamente entre las 11 y 12 de aquella misma noche. La miré a los ojos. Vi en ella una expresión de dolor infinita, después de haber sufrido tan fatal tortura. Fue, por una noche, títere de un malnacido, y le dio vida a sus crueles perversiones. Aún así, era bella aquella especie de marioneta de la muerte. Ordené que se llevaran el cuerpo y examiné la habitación. Ni huellas, ni ADN. Solamente un rastro de sangre que había sido limpiada, y que pude apreciar con ayuda del Luminol, que me llevaba a la habitación contigua, donde estaba Heikki.

-¿Qué haces aquí?-me preguntó.

-Vine siguiendo un camino de sangre.-sonreí- Como Hansel y Gretel.

Le expliqué mi teoría. El asesino la había torturado en aquella habitación y la había arrastrado hasta donde había sido hallado el cuerpo. Posteriormente, aun con vida, fue atada a la ventana, donde murió.

-La causa de la muerte aún no la he determinado.-le confesé.- Aunque probablemente, y guiándome por la cantidad de sangre que había en el suelo, murió desangrada.

Nos dirigimos a la comisaría. Al llegar, me metí con diligencia a la sala de autopsias. Quería examinar el cadáver cuanto antes, a aquella hermosa Jane Doe. Cogí la grabadora y la acerqué a los labios.

“Desconocida número 1.174. Mujer de raza blanca de unos 20 años. La hora de la muerte se produjo entre las 11 y las 12 de la noche de ayer. Sus ojos han sido arrancados y sustituidos por unos de cristal. Sus labios se encuentran cosidos con un hilo negro, al igual que una herida producida por un objeto punzante en el pecho. Me dispongo a abrir con cuidado la boca de la víctima…”

Eso fue lo que hice. Cogí unas tijeras y comencé a cortar despacio, observando cómo se desprendía el hilo suavemente. Las pequeñas desgarraduras que había alrededor de los labios sugerían que la víctima había intentado gritar con la boca cosida. Contemplé horrorizada lo que había en su interior. Eran inconfundiblemente trozos de un músculo. ¿Le había hecho comer su propia carne? Le abrí el pecho posteriormente y allí hallé la respuesta: era su propio corazón el que residía en su boca. En su lugar, había una especie de agüilla nauseabunda y ensangrentada. Reelaboré mi hipótesis:

El asesino había torturado a la víctima en la habitación contigua, arrancándole los ojos y cosiéndole la boca, después de haberla vestido como una muñeca de porcelana. Quizás allí mismo le quitó el corazón, matándola en el acto, y se lo introdujo por los orificios que dejaban las puntadas. Luego, le cosió el agujero y la colocó en la ventana en aquella posición, a propósito para que la viésemos. Era como una provocación.

Cuando terminé de ejecutar la autopsia, era ya hora de comer. Me senté en el despacho, llamé a un restaurante chino que estaba cerca del Materno Belén, cuya publicidad me encontré en mi buzón, y pedí por teléfono unos tallarines con gambas, un rollito de primavera y ternera con bambú y setas. Esperando por la comida, me senté a releer el informe de Julia Figueroa, y a darle vueltas a la nueva víctima. Heikki dijo que se llevaría sus huellas digitales y una muestra de su ADN para cotejarlo con la base de datos. La comida llegó bastante pronto. Me la trajo la recepcionista, una chica bastante agradable llamada Raquel, de pelo castaño y piel morena. En cuanto tuve entre mis manos aquella humeante y sabrosa carne, depositada en un recipiente de plástico, volvió a mí parte del calor que había perdido en la sala de autopsias. Aquel lugar siempre lograba que descendiese la temperatura de mi cuerpo, como intentando que yo también me muriese. Cogí los palillos que había dentro de la bolsa y comencé a comer. Volví a pensar en aquel desconocido de nuevo. Deseé tenerle allí para calmar mi frío. Quise escuchar su voz por primera vez. ¿Cómo sería aquella voz? Seguramente acariciaría mi ser haciéndome vibrar como las cuerdas de un violín tocando su melodía más dulce. Esbocé una sonrisa. Tenía que ir a la Angus Dei de nuevo para reencontrarme con él. Le hablaría, le preguntaría qué tal está, su vida, su pasado. Compartiría con él vivencias y alcohol. Con suerte, Adán se rendiría a los encantos de la tentadora Lilit y podría pasar toda la noche a su lado, sintiendo su cuerpo caliente, palpitante, escuchando los latidos de su corazón, atentamente, rítmicos, potentes, suyos…

-Sabela… ¿Sabela? ¿Me oyes? ¡E-o!

-¿Eh?

Era Heikki. Por algún momento llegué a pensar que mi fantasía se había cumplido, pero no. Él ni se le parecía. Suspiré.

-¿Qué tienes?-pregunté, asqueada.

-Solo venía a decirte que ya he dejado todo en ADN. Me dijeron que cuando estuviera nos avisarían.

-Vale.-aparté la vista hacia el plato de tallarines.- ¿Quieres?-le ofrecí.

-¿Qué es?

-Tallarines con gambas. Están muy buenos, y apuesto a que no has comido.

-No, gracias. Es que a mí, la comida de los chinos…

Me encogí de hombros.

-Como quieras.-continué comiendo.

-Aunque gracias de todas formas.

-¿Cuántas veces piensas repetirlo?-sonreí.

Él también lo hizo. Aunque no tardó en cambiar de tema.

-Por cierto, Sabela. ¿Quién era el tipo aquel que estaba en tu casa esta mañana?

-Un ligue. No le des importancia.

-¿No tienes novio?-parecía sorprendido.

Recordé aquel día. La sangre. El cuerpo. El dolor. Palidecí.

-No, hace tiempo que no tengo novio. Aunque tampoco me interesa.-quise desviar el asunto. Pero Heikki insistió.

-¿Y por qué?

-Porque no.-le miré mal.

-Pues deberías, en lugar de andar por ahí con cualquiera, como una puta.

-¿Qué me has llamado?-dejé la comida en la mesa de un golpe.

No se atrevió a repetirlo.

-Por lo menos yo he follado, no como otros. Impotente.

-¿Impotente? ¡Que sepas que a mí se me pone tiesa cuando yo quiero!

-Eso no te lo crees ni tú.

-Puta.

-Impotente.

-Puta.

-Impotente.

-Puta.

-Impotente.

-Puta.

-Impotente.

-Puta.

-Bueno,-interrumpí.- ¿Y si dejamos de discutir como críos?

-Podríamos hacer una cosa…

-¿Qué tienes en mente?

-Verás. Tú coges a una de tus amigas y yo a uno de mis amigos que creamos que nos viene mejor de novio y nos presentamos en una cena. ¿Qué te parece?

-Una cita a ciegas, vaya.

-Sí, algo parecido.

No sé por qué demonios accedí a hacer una gilipollez semejante.

-De acuerdo, pero si yo encuentro a tu chica ideal, me debes 50 euros.

-Lo mismo te digo.

-¿Este fin de semana entonces?-pregunté.

-Eso es pasado mañana.

-Cuanto antes, mejor.

-Hecho.

Con un buen apretón de manos sellamos nuestro trato. Era oficial: no podía caer más bajo.

Capitulo III [Narrado por Heikki]

sábado, 30 de enero de 2010

Me levanté a las 11:00 de la mañana, tenía la mañana libre, asique decidí ir a la piscina municipal a nadar, el único deporte que practicaba y que disfrutaba haciéndolo, había sido campeón varias veces en estilo mariposa y braza cuando era niño y nunca había parado de entrenar. Desayuné, me puse un chándal y salí a despejar mi cabeza y a intentar relajarme, el día anterior había tenido demasiadas sorpresas como para asimilarlas todas de una vez. Cuando llegué no había casi nadie, todo estaba tranquilo, entré en el vestuario en el que había dos ancianos de una edad no muy avanzada que debían de venir a algún curso para la tercera edad, parecía que estaban discutiendo sobre algo pero no hice caso y me comencé a cambiar.

Al acabar, me dirigí a la ducha al otro lado se podía oír a los viejecitos y escuchaba perfectamente lo que estaban hablando:

-¡A dónde vamos ir a parar!- soltó uno de ellos que llevaba unas bermudas rojas-la gente ahora está loca, en nuestros tiempos no pasaban estas cosas.

-Y que lo digas-respondió el otro lucía un slip como si tuviera dieciséis años mientras me dirigía una mirada inquisitiva-los jóvenes de hoy en día ya no tiene respeto por nada, han perdido muchos valores, ni siquiera van a misa.

-Lo que me pregunto es porqué un crimen así solo salió en el periódico y no en el telediario.

-Pues no sé, la verdad es que es demasiado extraño- respondió el segundo haciéndose el detective- Dicen que en Buño ha causado mucha expectación y que el ayuntamiento ha tenido que dejarlo en manos de la diputación.

¡¿Buño?! ¡No podía ser! Como había llegado esa información a un periódico si los únicos informados del suceso eran la familia, la policía y algunos vecinos de Buño que habían prometido no decir nada para respetar la voluntad de la familia. Quizás alguno se había ido de la lengua y le estaba filtrando información a la prensa.

-Está todo bajo secreto de sumario hasta que la policía resuelva el caso-comentó el primero-Que pena… una chica tan joven, en la flor de la vida, asesinada de esa manera.

-Primero al asfixiaron con un pañuelo por la garganta y luego la descuartizaron con al parecer una moto sierra…

Dejé a aquellos hombres charlando sobre la información del caso que supuestamente solo conocía la policía y me dirigí al agua para deshacerme por un momento de aquel caso que parecía perseguirme por todos los sitios.

Salté con ímpetu desde el trampolín mientras bajaba a gran velocidad sentía como mi alma se liberaba de mi cuerpo y se hundía en el agua creando un nuevo vínculo y reforzando el antiguo, era como un soplo de aire fresco en medio del desierto, sentía un relax y un placer al mismo tiempo que me puso la piel de gallina, comencé a mover los brazos y las piernas al unísono mientras ponía la mente en blanco. Hice unos 3.000 metros luego entré en el baño turco donde casi me quedo dormido. Salí de allí medio mareado de tanto tragar vapor de agua, pasé de nuevo al lado de la piscina en dirección, mientras caminaba miraba la gente que nadaba de un lado al otro de la piscina, estaba distraído cuando de repente choqué con alguien acto seguido resbalé y caí de cabeza al agua.

Salí rápidamente a la superficie para ver quién había sido el artífice de mi caída y me encontré la mano de una mujer ofreciéndome ayuda:

-¿Te encuentras bien?-preguntó una voz.

Yo alcé la vista y le mire al rostro a la muchacha, era una de las monitoras, tenía el pelo largo y negro, era guapísima y en su cara sobresalían unos llamativos ojos azules, sus labios encarnados completaban aquella celestial figura con una sonrisa; sus senos grandes y enhiestos se marcaban con el bañador.

-S…si-titubeé

-Tienes que perdonarme, no estaba mirando hacia delante.

-No, perdóname tú también yo tampoco iba atento. Me llamo Heikki, encantado de conocerte.

-Yo soy Aldara, encantada.-dijo mientras me tendía la mano, una mano delicada y blanca pero al mismo tiempo firme y segura.

Yo se la estreché y creo que me puse colorado, pero intenté disimularlo diciendo:

-Que calor hace aquí…

-¿De verdad tienes calor? Estamos a 18 grados… -Dicho esto se echó a reír.

Yo la imité.

-Bueno tengo que irme el deber me reclama, hasta otra.

-Yo también, hasta pronto.

Tan pronto dije eso di media vuelta, rojo como un tomate, y me volví a los vestuarios.

Al salir de la piscina me fui a la comisaría, allí pregunté a un policía por Sabela que me informó de que aun no había venido, asique decidí ir a esperarla a su despacho.
Las paredes rojas estaban cubiertas de posters de grupos de metal y rock, me fijé en uno en el que aparecía un ovni y ponía “Quiero creer” y que recordaba a Expedientes X, supuse que sería por eso. Me apoyé en su mesa a esperar mientras ojeaba algunos de los dibujos hechos ,seguramente, por Sabela. Unos 10 minutos después entró ella con cara de ajetreada.
,
-¿Qué haces en mi despacho?-preguntó

-Esperando por la señorita a la que le dio por llegar tarde al trabajo. ¿Dónde estabas?-dije mientras bajaba de la mesa.

-Estaba atendiendo a unos asuntos personales.

-¿Asuntos personales?-pregunté Heikki, con curiosidad.

-No es de tu incumbencia, así que cierra el pico.

-Aún por encima de que tardas.-mientras decía esto, me volví a sentar en su mesa.

Con una de mis manos palpé algo redondo similar a una pelota pero muy dura. La miré, para descubrir qué estaba tocando, y vi una calavera humana, del susto le di un golpe con la mano, tirándola al suelo. En el instante antes de que chocara contra el suelo, Sabela logró cogerla ágilmente.
-¿Eres idiota? ¡Casi la rompes!-gritó

-Una…una calavera…-tartamudeé.

-¡Es de cerámica! ¿Tú crees que guardaría mis bolis en un cráneo humano de verdad?

Callé durante un momento esperando a que se le pasara el enfado pero al poco tiempo comencé ha hablar de nuevo:
-¿Tienes la autopsia de Julia?

-Sí, la tengo.-me confirmó
Abrió un cajón de, en el que había una pegatina de un gatito. Comenzó a rebuscar.

-Aquí está.-clamó

-¡A ver, a ver!-dije impaciente.

-Tampoco te pongas así, hombre, que solo es un informe.

-Es que nunca había visto el de una autopsia.-comencé a ojearlo entonces, curioso. Aunque había palabras de médicos que no entendía pude comprender el informe:

“…La hora de la muerte fue entre las 7 y las 9 de la tarde de ayer, según revela la temperatura de su hígado. Los brazos y las piernas le fueron arrancados brutalmente, probablemente con una sierra eléctrica…”

-¿Descubriste algo sobre el gimnasio?-preguntó Sabela.

-Eh…sí, sí. Estaba apuntada en uno que está en las afueras, “Strong Bodies” se llama.

-Entonces vamos. Te llevo yo… Porque tendrás un casco, ¿no?

-Un… ¿casco?

-No querrás ir a pie, supongo.
Luego me llevó a una tienda de motos. Allí compramos el casco, el que primero me llamó la atención fue uno que tenía un Basset Hound retratado.
-¡Se parece a Cuca!-exclamé.

-¿Cuca?

-Mi perra; una basset hound. Es tan mona.

-Es que yo soy más de gatos, gracias.-dijo, riéndose-¿Quieres ese? Venga, te lo regalo.

-R… ¿Regalo? No tienes por qué, de verdad.-dije sorprendido, era la primera vez desde que era mayor de edad que alguien me regalaba algo.

-No me digas lo que tengo que hacer, anda.

Desconcertado y por no llevarle la contraria a la iracunda Sabela dejé que me regalara aquel bonito casco.

-Cada vez que vengas en mi moto, lo llevas, que no te pienso comprar otro.

-Gracias, de verdad. Si pudiese darte algo a cambio…

-Con tal de que no vuelvas a entrar en mi despacho, me doy por satisfecha.-respondió

-¡Hecho!-dije sonriente.

Salimos entonces de la tienda y volvimos al exterior de la comisaría, donde Sabela tenía aparcada su moto. Lo que no sabía ella era que le tenía pánico a las motos.

-Sube.-me ordenó a la vez que se montaba en ella.

-Es que no me gustan las motos.

-¡Venga! Acabo de regalarte un casco. Pudiste habérmelo dicho antes.-dijo indignada.
Como no me quedaba otra suspiré y me monté de mala gana.
-Iré despacio, verás cómo no es nada.

Dicho esto, arrancó. Llegamos un poco más tarde de lo previsto, pero por lo menos Sabela no había ido demasiado rápido. El gimnasio parecía bastante pequeño visto desde fuera, y encima de la puerta tenía un cartel luminoso en el que figuraba el nombre.
¡Por fin hemos llegado¡-exclamé

-Parece un puticlub.-comentó Sabela.

Entramos sin más preámbulos. Montones de tíos cachas y mujeres forzudas se dejaban el alma ejecutando sus duros ejercicios y un desagradable olor a sudor cargaba el ambiente ; también había un grupito de personas gorditas, en las cintas de correr y en las bicicletas, intentando bajar de peso. Y se veía a un grupo de mujeres, ya entradas en carnes, sentadas en estirillas haciendo yoga y ejercicios de relajación.

-¿Y ahora cómo sabemos quién es el hermano de la víctima?-pregunté.

-Fácil.-dicho esto, Sabela cogió aire y comenzó a gritar:- ¿Alguno de ustedes es el hermano de Julia Figueroa? Julia Figueroa, ¿alguien la conoce?

Sorprendido por aquel ridículo comencé a ponerme colorado por la vergüenza. De repente, un hombre, en muy buena forma, rubio con los ojos verdes, se acercó a nosotros.

-Soy yo.-dijo.- Samuel Figueroa Martínez.

-Somos Sabela Suárez y Heikki Waltari,- respondió Sabela.- de la policía. Queremos hacerle unas preguntas acerca del asesinato de su hermana.

-¿Saben algo ya de ese bastardo? ¡Juro que como lo pille…!

Sin llegar a terminar la frase, le propinó un puñetazo fortísimo a una columna del gimnasio, haciéndola retumbar en el acto. Todos los que nos encontrábamos allí, nos quedamos perplejos.

-Esta visita comienza a ser bastante surrealista.-le susurré a Sabela.

-Y que lo digas.-respondió.

La cara de Samuel enrojecía, y estaba a punto de volver a golpear la columna, pero Sabela lo interrumpió intentando tranquilizarle:

-Lo pillaremos nosotros, no se preocupe. Ahora, nos gustaría que nos respondiese a unas preguntas.

-De acuerdo.

Parecía que se había calmado algo.

-¿Qué relación guardaban usted y su hermana?-comenzó Sabela el interrogatorio.

-Nos llevábamos muy bien. Veníamos todos los días al gimnasio juntos. Yo le ayudaba a estirar los tríceps, sus delicados pero definidos tríceps, y ella me ayudaba con los deltoides. Todavía añoro esos momentos.

Estaba bastante obsesionado con sus músculos, hasta el punto de ser desesperante.

-¿Había alguien que quisiera hacerle daño?-pregunté.

-En absoluto. Ella era una pianista muy respetada. Obtuvo un Grammy y todo. La adorábamos. En sus actuaciones, todos aplaudían, y yo lo hacía tan fuerte que mis bíceps temblaban. Hasta era amiga de la mismísima Amy Cargill, que en paz descanse.

-¿Amy Cargill? ¿Quién es esa?-dije.

-¡Mira que no saber quién es Amy Cargill!-bramó Samuel.- ¡Ignorante! Era una pianista excepcional, la mejor de todos los tiempos. Murió hace dos años, aquejada de una enfermedad muy grave. Mi hermana era una gran fan, además de una de sus mejores amigas. Yo también era fan suyo. Esa mujer hacía mover un músculo muy especial de mi cuerpo.

-¿El corazón?-pregunté sin pensar en que el hombre era salido.

-No precisamente.-contestó Sabela.

Acabé comprendiendo las fantasías de aquel individuo e hice una mueca de asco.

-¿Tenía pareja estable?-preguntó mi compañera.

-No, no la tenía. Estaba perdidamente enamorada de su cuerpo y su piano; no necesitaba a nadie más.

-¿Qué hizo usted anteayer a las 7 de la tarde?-proseguí.

-¿¡Creen que yo la maté!?-Samuel comenzaba a alterarse de nuevo.-¡¡No podría hacer algo semejante!!

-Son preguntas rutinarias, señor Figueroa. No le estamos culpando de nada.-dije calmadamente.

-Todos los días a las 7 de la tarde me dispongo a hacer abdominales durante media hora, y flexiones la otra media. No me moví del gimnasio hasta las 10, como siempre.

-¿Le dice algo la mansión de las Castro, en Buño?-interrogó Sabela.

-¿Buño? ¿Qué es eso?

Se notaba que aquel hombre no ejercitaba mucho su cerebro a diferencia de sus otros músculos.

-Déjelo entonces.-dijo Sabela dándose por vencía

-¿Y qué me dice de la frase “Abyssus abyssum invocat”?-pregunté.

Samuel levantó la vista, como si hubiera revivido algo.

-Me suena.-contestó.

Siguió pensando, y este acto le llevó a comenzar a tararear una canción entre dientes, vagamente. Sabela yo nos miramos, diciéndonos uno al otro con los ojos: “Este tío quiere tomarnos el pelo”. Cerró los ojos como si tuviera migrañas y se llevó una mano a la cabeza como si estuviera buscando en su memoria.

-No recuerdo… de qué… pero me suena.

-Antes de irnos, señor Figueroa, me gustaría hacerle una última pregunta.-dijo Sabela.- ¿Su hermana había ido a algún tipo de cena el día en que fue asesinada?

-Sí, sí que fue. Acababa de sacar su nuevo disco “Diamonds”, y su equipo y ella decidieron hacer una fiesta, por los éxitos futuros. No asistí, pues esas cosas engordan, ya sabe, pero parece ser que había de todo: empanadas de todas las clases, tortillas, churrasco… En fin, un paraíso de calorías.

-Gracias por su colaboración. Si recuerda algo más no dude en llamarnos-concluyó cortésmente.

Acto seguido, salimos del gimnasio, un poco aturdidos.

-¡Vaya espécimen!-exclamé.- Pensé que personas así sólo existían en los dibujos animados.

-Dudo que fuese él.-afirmó Sabela, con tono seguro.

-¿Por? Recuerda que no se debe excluir a nadie sin estar tremendamente seguros.

-¡Oh, vamos! ¿Es que no lo has visto? Se preocupa más de sus músculos que de su hermana, contando que ni sabe dónde está Buño.

-Podría estarnos mintiendo.

-El asesino al que no enfrentamos es tremendamente meticuloso, Heikki. Meticuloso y sádico. Una persona de ese calibre no es tan transparente. Aunque tienes razón, será mejor no precipitarse.

Nos volvimos a la comisaría de nuevo en su moto, allí me dejo Sabela y luego se marchó. Entré en la comisaría y para recoger los archivos del caso, de camino a mi despacho me encontré con Elena que se disponía ha marchar.

-¿Donde te has metido hoy chiquillo? No se te ha visto el pelo en todo el día.

-Es que tenía la mañana libre y tuve que hacer un interrogatorio durante toda la tarde.

-Ha pues ha venido una chica muy guapa preguntando por ti. Estas hecho todo un rompecorazones ¿eh?- dijo mientras me guiñaba un ojo.

-¿Una chica? ¿Y que quería?- pregunté intrigado.

-Pues que te habías dejado olvidada la cartera en la piscina. ¡Eres un desastre! Aquí tienes anda.

Dicho esto me despedí y cogí la cartera. Seguramente había sido la chica con la que había chocado, que atenta había sido al molestarse en traerme la cartera. Seguí andando hasta el despacho cogí mi maletín y el diario que habíamos encontrado y decidí parar en una pizzería cercana para cenar, luego cansado me dirigí a mi piso subí le heche de comer a Cuca que me esperaba hambrienta, me duché y me tumbé en la cama mientras sonaba la canción de “Vivi nell aria” de Gabry Ponte. Así me quede enfrascado en mis sueños.

Capítulo III (narrado por Sabela)

jueves, 7 de enero de 2010

Me levanté temprano. Tendría que ir al trabajo, pero opté por ir primero al tanatorio, para liberarme de aquel intenso dolor cuanto antes. Intenté no vestirme demasiado llamativa, sobre todo para no asustar a la familia del niño. Me puse un pantalón negro, una camiseta negra de cuello de barco y una gargantilla preciosa negra, en la que colgaba una lágrima de cristal roja. Cogí un bolso de “Pesadilla antes de navidad”, en el que introduje mi cazadora negra con la calavera, pues era lo suficientemente grande, y me fui.

El tanatorio “Santa Gloria” estaba relativamente cerca de mi casa. Llegué allí montada en mi moto, la cual dejé aparcada un poco escondida, para que no le viese nadie. Dentro de él, el silencio que había era desolador. Las paredes estaban pintadas de blanco, pero la oscuridad de la estancia las convertía en grises. Solamente había unas 5 personas aproximadamente, sin contar a los padres, que eran una pareja que se encontraba sentada en una esquina, cogidos de la mano. El féretro de madera se encontraba al fondo. Al verlo, un escalofrío recorrió mi columna. Su madre, una mujer de unos 40 o 50 años, que tenía los ojos rojos de tanto llorar, se levantó al verme. Se acercó a donde yo estaba, seguida de su marido.

-¿Es usted la chica de la fundación que cuidaba de mi niño?-preguntó.

-Sí, soy yo.

Al haberme identificado, me abrazó con fuerza. No me esperaba aquella reacción; aún así, yo también la abracé. Escuchaba su llanto en mi oído, sus sollozos desesperados, y sus lágrimas caían en mi hombro descubierto, lágrimas que escondían en su interior los pedazos palpitantes del corazón de una madre destrozada.

-Gracias por todo, gracias, gracias.-susurraba.

-Lleva toda la mañana preguntando por usted.-dijo el padre, con la voz apagada.- Le agradecemos enormemente que haya ayudado a mi hijo a pasar mejor los días, a estar más feliz.

-Eso intento, señor.-respondí.

-Venga a verlo.-me ordenó su madre, que se había separado de mí súbitamente y me agarraba por el brazo.

La seguí. Por una parte quería hacerlo, para darle su último adiós, pero por otra no soportaría ver su cuerpo muerto. Demasiado tarde. Ya me encontraba delante del ataúd. Tragué saliva y me atreví a mirar su interior. Allí estaba, el pequeño Damián, vestido con un traje negro y una camisa blanca. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, los ojitos dulcemente cerrados. Parecía un ángel. Un ángel que en aquel momento subía hacia el Cielo. Estaba idéntico a la última vez que lo había visto; su cadáver no se encontraba podrido ni amarillento. Era como si estuviese simplemente dormido y pudiese despertarse en cualquier momento. Me incliné hacia él y lo besé en la frente. ¡Qué fría estaba! Un par de lágrimas se deslizaron desde el centro de mis ojos, cayendo como lluvia en su rostro álgido. Rápidamente me erguí, intentando parecer lo menos afectada posible, sobre todo para no preocupar a su madre, que cruzaba las manos, como si estuviese rezando, y me miraba fijamente, inclinando la cabeza.

-Lo siento muchísimo, señora.-le dije, dándome la vuelta para colocarme de espaldas al féretro.

Ella simplemente asintió, agarrándose con fuerza al brazo de su marido. Me dispuse a marcharme cuanto antes de allí, cuando vi que Fanny entraba, con un abrigo negro y un sobrero del mismo color con un velo sobre los ojos. Me aproximé a ella.

-¿Fanny? ¿Qué haces aquí?

-Bueno, pensé en pasarme a darles el pésame a los padres en nombre de la fundación, pero veo que te me adelantaste.

Guardamos silencio un momento, mirando hacia el ataúd. Supongo que las dos nos sentíamos incómodas en aquel lugar, rodeadas de gente desconocida. Agradecí en mi interior las muestras de afecto de los padres de Damián, pero la sensación de opresión que me invadía en aquella sala era insoportable.

-Por cierto,-dijo Fanny.- ¿pudiste echarle un vistazo al expediente de Olvido?

-Sí. Parece ser que nació bastante por debajo del peso medio de un recién nacido, y que durante toda su vida padeció problemas pulmonares. Fue ingresada en el hospital un par de veces cuando tenía 2 meses, aquejada de apnea, aunque todo se quedó en un susto y la mandaron para casa a los pocos días. A los 7 años de edad, hace apenas unos meses, le diagnosticaron un cáncer de pulmón. No se le administró la quimioterapia hasta que comenzó la metástasis y las posibilidades de curación eran mínimas, a pesar de haber diagnosticado el problema a tiempo. Ahora se encuentra ingresada en un hospital de aquí de Coruña: el “Hospital Santa Teresa”. Habitación 358.

-¡Vaya! Veo que te has hecho los deberes, cielo.

-¿Lo dudabas?

-Me alegro de que seas tan eficiente.

-Lo que me pregunto-dije, arqueando una ceja.- es por qué no se le administró el medicamento antes. En estos momentos podría estar curada.

-A mí que me registren, encanto,-respondió ella, levantando las manos, dando a indicar que no sabía nada del tema.- no he mediado palabra ni con ella, ni con sus médicos, ni con su padre. Tendrás que preguntarles.

-Necesito verla cuanto antes.

-Sabela, Sabela… Para el carro, ¿quieres? Comprendo que tengas curiosidad por saber más sobre esa niña, pero las normas son las normas.

-¿No podrías adelantar el final de la semana de duelo un par de días?

Fanny giró la cabeza, dándome a entender que no quería hacerme el favor. Insistí.

-A los padres de Damián no les importará; saben que tengo que ayudar a más niños como su hijo, y dudo que quieran que muera esa criatura.

-Es que no puedo, Sabela, en serio.

-Tú misma lo dijiste:-comenzaba a ponerme nerviosa.- Olvido podría pillar una depresión. ¡Necesito verla! ¿No lo entiendes? Podría angustiarse tanto que eso empeoraría su enfermedad.-me movía continuamente para poder alcanzar los ojos de Fanny, que me apartaba la cara.- ¿No puedes hacer la vista gorda por una maldita vez?

-Está bien,-cedió al fin.- veré si puedes saltarte la semana de duelo. Conste que lo hago porque es un caso especial, que no sirva de precedente. ¿Entendido?

En un arrebato de euforia, la abracé con fuerza, en medio de toda la apesadumbrada gente que se encontraba en el tanatorio. Intenté fingir que estaba llorando, para no llamar la atención, mientras susurraba:

-Gracias, Fanny, gracias, gracias.

-No hagas que me arrepienta.

-Descuida.

Inmediatamente después, me fui de allí y me encaminé al trabajo. Al llegar, Heikki me esperaba en mi despachito. No era muy grande, pero me servía para hacer allí mis investigaciones. Tenía las paredes pintadas de rojo, llenas de posters de grupos de metal y rock: Evanescence, Within Temptation, Avantasia, HIM… además de uno en el que aparecía un ovni y ponía “Quiero creer”, en homenaje a Expedientes X, una de mis series favoritas. Encima de la mesa había bastantes papeles esparcidos, la mayoría de ellos con dibujos hechos por mí, una calavera de cerámica que me servía para colocar mis bolígrafos en las cuencas de sus ojos, y una muñeca de Sally, de la película “Pesadilla antes de Navidad” que movía la cabecita hacia los lados cada vez que le daba el sol; aunque en aquella estancia apenas entraba el sol, sino que la penumbra la envolvía durante todo el día, y la única fuente de luz que había en ella era una lámpara de flexo que estaba encima de uno de los cajones en los que se amontonaban los archivos de las autopsias, hechas o no por mí, sin orden alguno.

-¿Qué haces en mi despacho?

-Esperando por la señorita a la que le dio por llegar tarde al trabajo. ¿Dónde estabas?

-Estaba atendiendo a unos asuntos personales.

-¿Asuntos personales?-preguntó Heikki, con curiosidad.

-No es de tu incumbencia, así que cierra el pico.

-Aún por encima de que tardas.-mientras decía esto, se sentó en mi mesa.

Con una de sus manos, inconscientemente, palpó la calavera. La miró, para descubrir qué estaba tocando, y comenzó a gritar, tirándola al suelo. Corrí para impedir que cayese, y afortunadamente pude cogerla antes de que tocase el parqué.

-¿Eres idiota? ¡Casi la rompes!

-Una…una calavera…-tartamudeó.

-¡Es de cerámica! ¿Tú crees que guardaría mis bolis en un cráneo humano de verdad?

Enmudeció, seguramente algo asustado por mi cabreo. Aunque no tardó demasiado en volver a hablar:

-¿Tienes la autopsia de Julia?

-Sí, la tengo.

Abrí uno de mis cajones predilectos, en que había una pegatina de un gatito. Comencé a rebuscar. Carmen Iglesias, Eduardo Pacheco, Dylan Thomas Parker, Yma Llirac, Tamara González… ¡Julia Figueroa!

-Aquí está.-clamé.

-¡A ver, a ver!

-Tampoco te pongas así, hombre, que solo es un informe.

-Es que nunca había visto el de una autopsia.-comenzó a ojearlo entonces, curioso. Dudo que entendiese todas las palabras de la jerga médica que había en él.

-¿Descubriste algo sobre el gimnasio?-pregunté, haciéndolo separarse de su ensoñación.

-Eh…sí, sí. Estaba apuntada en uno que está en las afueras, “Strong Bodies” se llama.

-Entonces vamos. Te llevo yo… Porque tendrás un casco, ¿no?

-Un… ¿casco?

-No querrás ir a pie, supongo.

Menos mal que, cerca de la comisaría había una tienda de motos. Pudimos ir a pie y comprar un casco. En el que primero se fijó fue en uno que tenía dibujado un perro de caza.

-¡Se parece a Cuca!-exclamó.

-¿Cuca?

-Mi perra; una basset hound. Es tan mona.

-Es que yo soy más de gatos, gracias.-dije, riéndome. Al ver que Heikki estaba deslumbrado por la belleza del dibujo, le propuse:- ¿Quieres ese? Venga, te lo regalo.

-R… ¿Regalo? No tienes por qué, de verdad.

-No me digas lo que tengo que hacer, anda.

Todavía no llego a comprender por qué lo hice; quizás era en agradecimiento por aguantarme, o porque la muerte de Damián me había ablandado el corazón, o quizás como premio por no llegar a romper mi calavera. Seguramente fue una mezcla de todo eso. Tampoco es que fuera muy caro, solamente 30€. Tras pagar, se lo entregué.

-Cada vez que vengas en mi moto, lo llevas, que no te pienso comprar otro.

-Gracias, de verdad. Si pudiese darte algo a cambio…

Puse una de mis manos en mi barbilla y me quedé un momento pensando en cómo podría compensarme.

-Con tal de que no vuelvas a entrar en mi despacho, me doy por satisfecha.-respondí.

-¡Hecho!

Salimos entonces de la tienda y volvimos al exterior de la comisaría, donde tenía aparcada mi moto. En cuanto Heikki la vio, se puso pálido.

-Sube.-le ordené, montándome en ella.

-Es que no me gustan las motos.

-¡Venga! Acabo de regalarte un casco. Pudiste habérmelo dicho antes.

Seguramente al verse comprometido, y al no querer perder aquel casco que acababa de agenciarse, suspiró y se montó detrás de mí.

-Iré despacio, verás cómo no es nada.

Dicho esto, arranqué. Llegamos un poco más tarde de lo previsto, pero por lo menos Heikki no se había quejado. El gimnasio parecía bastante pequeño visto desde fuera, y encima de la puerta tenía un cartel luminoso en el que figuraba el nombre.

-Parece un puticlub.-musité.

Entramos sin más interrupciones. Montones de tíos musculosos y mujeres forzudas ejecutaban ensimismados sus ejercicios, como si les fuese la vida en ello; aunque un par de personas rechonchas, acurrucadas en los rincones, intentaban bajar de peso. El olor del sudor se respiraba en el ambiente, y llegaba a ser insoportable. Había muchos aparatos extraños para hacer gimnasia, además de una esterilla para hacer yoga o estiramientos y algunas espalderas distribuidas por las paredes.

-¿Y ahora cómo sabemos quién es el hermano de la víctima?-preguntó Heikki.

-Fácil.-dicho esto, cogí aire y comencé a gritar:- ¿Alguno de ustedes es el hermano de Julia Figueroa? Julia Figueroa, ¿alguien la conoce?

El pobre Heikki comenzó a ponerse colorado por la vergüenza. De repente, un hombre, en muy buena forma, rubio con los ojos verdes, se acercó a nosotros.

-Soy yo.-dijo.- Samuel Figueroa Martínez.

-Somos Sabela Suárez y Heikki Waltari,-le respondí.- de la policía. Queremos hacerle unas preguntas acerca del asesinato de su hermana.

-¿Saben algo ya de ese bastardo? ¡Juro que como lo pille…!

Sin llegar a terminar la frase, le propinó un puñetazo fortísimo a una columna del gimnasio, haciéndola retumbar en el acto. Todos los que nos encontrábamos allí, nos quedamos perplejos.

-Esta visita comienza a ser bastante surrealista.-me susurró Heikki.

-Y que lo digas.-murmuré en respuesta.

Al ver que la cara de Samuel enrojecía, y estaba a punto de volver a golpear la columna, opté por decirle algo tranquilizador:

-Lo pillaremos nosotros, no se preocupe. Ahora, nos gustaría que nos respondiese a unas preguntas.

-De acuerdo.

Ya se le notaba un poco más calmado.

-¿Qué relación guardaban usted y su hermana?

-Nos llevábamos muy bien. Veníamos todos los días al gimnasio juntos. Yo le ayudaba a estirar los tríceps, sus delicados pero definidos tríceps, y ella me ayudaba con los deltoides. Todavía añoro esos momentos.

Parecía que no podía decir nada sin implicar a sus numerosos y desarrollados músculos.

-¿Había alguien que quisiera hacerle daño?-preguntó Heikki.

-En absoluto. Ella era una pianista muy respetada. Obtuvo un Grammy y todo. La adorábamos. En sus actuaciones, todos aplaudían, y yo lo hacía tan fuerte que mis bíceps temblaban. Hasta era amiga de la mismísima Amy Cargill, que en paz descanse.

Mi corazón comenzó a acelerarse de una manera asombrosa al escuchar otra vez ese nombre. Era como si estuviese destinada a ver la sombra de Amy en todos los sitios.

-¿Amy Cargill? ¿Quién es esa?-dijo Heikki.

-¡Mira que no saber quién es Amy Cargill!-bramó Samuel.- ¡Ignorante! Era una pianista excepcional, la mejor de todos los tiempos. Murió hace dos años, aquejada de una enfermedad muy grave. Mi hermana era una gran fan, además de una de sus mejores amigas. Yo también era fan suyo. Esa mujer hacía mover un músculo muy especial de mi cuerpo.

-¿El corazón?-preguntó él, inocente.

-No precisamente.-le contesté yo.

Acabó comprendiendo el meollo de la cuestión e hizo una mueca de asco.

-¿Tenía pareja estable?-pregunté.

-No, no la tenía. Estaba perdidamente enamorada de su cuerpo y su piano; no necesitaba a nadie más.

-¿Qué hizo usted anteayer a las 7 de la tarde?-prosiguió Heikki.

-¿¡Creen que yo la maté!?-Samuel comenzaba a alterarse de nuevo.-¡¡No podría hacer algo semejante!!

-Son preguntas rutinarias, señor Figueroa. No le estamos culpando de nada.

Aunque era un principiante, supo guardar la compostura en aquella ocasión.

-Todos los días a las 7 de la tarde me dispongo a hacer abdominales durante media hora, y flexiones la otra media. No me moví del gimnasio hasta las 10, como siempre.

-¿Le dice algo la mansión de las Castro, en Buño?-interrogué.

-¿Buño? ¿Qué es eso?

Había quedado demostrado que lo único que no había ejercitado aquel chaval era el cerebro.

-Déjelo entonces.-suspiré.

-¿Y qué me dice de la frase “Abyssus abyssum invocat”?

Samuel levantó la vista, como si estuviese intentando mirar sus propias entrañas.

-Me suena.-contestó.

Siguió pensando, y este acto le llevó a comenzar a tararear una canción entre dientes, vagamente. Heikki y yo nos miramos, diciéndonos uno al otro con los ojos: “Este tío quiere tomarnos el pelo”. Al ver que no era capaz de crear la conexión entre lo que cantaba y la frase, se llevó una mano a la cabeza y cerró los ojos, como si le doliese.

-No recuerdo… de qué… pero me suena.

-Antes de irnos, señor Figueroa, me gustaría hacerle una última pregunta.-dije.- ¿Su hermana había ido a algún tipo de cena el día en que fue asesinada?

-Sí, sí que fue. Acababa de sacar su nuevo disco “Diamonds”, y su equipo y ella decidieron hacer una fiesta, por los éxitos futuros. No asistí, pues esas cosas engordan, ya sabe, pero parece ser que había de todo: empanadas de todas las clases, tortillas, churrasco… En fin, un paraíso de calorías.

-Gracias por su colaboración. Si recuerda algo más no dude en llamarnos.

Acto seguido, salimos del gimnasio, un poco aturdidos.

-¡Vaya espécimen!-exclamó Heikki.- Pensé que personas así sólo existían en los dibujos animados.

-Dudo que fuese él.-afirmé, bastante convencida.

-¿Por? Recuerda que no se debe excluir a nadie sin estar tremendamente seguros.

-¡Oh, vamos! ¿Es que no lo has visto? Se preocupa más de sus músculos que de su hermana, contando que ni sabe dónde está Buño.

-Podría estarnos mintiendo.

-El asesino al que no enfrentamos es tremendamente meticuloso, Heikki. Meticuloso y sádico. Una persona de ese calibre no es tan transparente. Aunque tienes razón, será mejor no precipitarse.

Nos montamos en la moto y volvimos a la comisaría. Lo dejé allí a él y yo me dispuse a irme a casa. Al llegar, me tiré en la cama como si fuese un saco vacío, una muñeca a la que arrojan a la papelera. Me puse a pensar. El nombre de Amy Cargill estaba comenzando a salir bastantes veces en esta investigación. ¿Es que ella quería, desde el Cielo, el Infierno, o donde quiera que estuviese, que la ayudase? ¿Ayudarla a qué? Recordé que guardaba el ejemplar de una revista del corazón en el que hablaba de su muerte. No recuerdo muy bien por qué lo hice, pero sentí deseos de ojearla. En él, salía una foto de Amy en su último concierto, sonriendo enfrente del piano. Una buena imagen para recordarla. Lo leí.

El mundo de la música llora por la trágica pérdida de la artista ganadora de 9 Grammys, Amy Cargill.

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EL CIELO HA GANADO UN ÁNGEL
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A los 27 años de edad, Amy no pudo superar la batalla más dura de su vida contra la enfermedad que la había tenido durante mucho tiempo contra las cuerdas.

Hace varios meses, le habían diagnosticado un cáncer de páncreas. El día 29 de marzo, ingresaba en el CHUAC (Centro Hospitalario Universitario de A Coruña), para ser trasladada, pasados pocos días, a Houston, donde, según decía su marido, “la están atendiendo los mejores médicos de todos los Estados Unidos”. Hacía apenas un par de semanas que Amy había vuelto a España, a su casa, respaldada por el cariño de los suyos. Pudo sacar un nuevo disco, “Bittersweet tears”, el cual alcanzó un grandísimo éxito de ventas, con canciones que había compuesto en el hospital, mientras atravesaba el momento más duro de su vida. Estas canciones, todas simplemente ejecutadas con su majestuoso piano, reflejaban esa amargura, esa tristeza, esa incertidumbre por encontrarse en el limbo entre la vida y la muerte. Seguramente ella se temía lo que vendría después.

A las 4 de la madrugada del 13 de diciembre, en su domicilio de A Coruña, su corazón dejó de latir. Este incidente pasó apenas un día después de que la cantante diese una rueda de prensa tras lo que pasó a ser su último concierto, en el teatro del Liceo de Barcelona. “Si voy a morir, por lo menos que no se diga que no he luchado” decía, a punto de romper a llorar “Gocé durante toda mi vida del amor de los míos, hice todo lo que siempre quise hacer. Ahora, que pase lo que tenga que pasar”.

A las 4 y media, poco después de que la ambulancia llegase a la casa, una página web (todonoticias.com) informaba de la fatídica noticia. Desde ese momento, radios, televisiones y otros medios de comunicación se desplazaban al lugar de los hechos, donde pudieron captar las imágenes de la ambulancia que se llevaba el cuerpo.

Según Tobías Costa López, el marido de la víctima, quién nos lo narró con lágrimas en los ojos, los hechos acaecieron de la siguiente manera: “Estábamos todos durmiendo. Mi hija quiso despertar a Amy porque había tenido una pesadilla, pero no… No abría los ojos. Le tomé el pulso, estaba muerta, aunque todavía estaba caliente. Llamé a una ambulancia de inmediato. Quise reanimarla, pero… ya era demasiado tarde.” “Murió rodeada del cariño de su familia,” añadió”y eso es lo que ella habría querido”.

Existen, sin embargo, rumores de que Amy fue asesinada. Testigos presenciales afirman haber visto que tenía una mano con los dedos desgajados. Para desmentirlos, los abogados de la familia mandaron a todos los medios un comunicado, en el que decía que, efectivamente y sin duda alguna, confirmado por los forenses, Amy Cargill había muerto de cáncer. Se apunta, de todos modos, a que, como en el caso de Michael Jackson, se le pueda practicar una segunda autopsia.

El cuerpo de la apodada “Ángel de marfil”, se trasladó al tanatorio a las 6 de la madrugada. Poco después, los medios de comunicación pudieron ver cómo llegaban allí su marido y su hija. “Estoy muy apenado por la muerte de mi esposa” nos comentó Tobías “Todavía no puedo creerme que haya pasado esto. Que Dios esté contigo, mi amor”. Pocas horas después llegó José Álvarez, amigo íntimo de la pianista, quien, parece ser, fue informado por su hermana, Bethanie Cargill. El guitarrista no quiso hacer declaraciones, pero se le veía muy afectado por la noticia. La madre de Amy, viuda, llegó en un coche algo después, ataviada completamente de negro y con un pañuelo cubriendo sus ojos. “Confío en que descanse en paz ahora” afirmó.

Se instalará en una capilla ardiente en el cementerio de San Amaro, en A Coruña, para velar a la fallecida, durante dos días. Después lo trasladarán a Londres, su ciudad natal, para poder enterrarla en el famoso cementerio Highgate.

En las próximas páginas haremos un repaso por la vida y la carrera de una artista sensacional como lo era Amy Cargill.


Y toda esta parafernalia acompañada de fotos de la ambulancia y de la familia a todo color, como jactándose de poseer unas imágenes tan horribles. En una de ellas se podía distinguir a Olvido en brazos de su padre, aunque tenía la cara borrosa, pues no les está permitido a estas revistas mostrar la cara de los niños sin consentimiento. Me extrañaron aquellos rumores de que había sido asesinada, y de que le faltaban los dedos de una mano. No quise leer el resto del reportaje. No me veía capaz. Lo único que quise pensar es que, como bien decía su madre, ahora descasaba en paz. Aunque, ¿realmente existía tanta paz en su sueño eterno? Estuve toda la noche sin dormir, dándole vueltas a la cabeza, que todavía retenía aquella fotografía en la que aparecía la blanca sonrisa de Amy. Me pregunto a quién se la dedicaría.


Capítulo II [narrado por Heikki]

domingo, 3 de enero de 2010

Cuando llegué a la comisaría aquella tarde lluviosa, Elena esperaba ansiosa para que le contara como me había ido:

-¡Heikki!-empezó gritando-¡Por fin as llegado! ¿Cuenta, cuenta que tal ha ido todo?

-Un asesinato horrible, no he sido capaz de aguantar las nauseas, a la pobre mujer la desmembraron, al parecer con una sierra eléctrica-dije mientras un escalofrío recorría mi cuerpo.

-Verdaderamente horrible…No sé quién ha podido haber hecho algo así.

-Ni yo. Y cambiando de tema, ¿tú sabías que tenía una nueva compañera?

-¡Pues claro! Era lo que estaba intentando decirte cuando me colgaste el teléfono. Pero bueno… ¿Qué tal con Sabela? ¿No es así?-dijo con sonrisa burlona.

-Muy maja. La verdad es que me cayó muy bien, una mujer con carácter diría yo…

-Veo que habéis congeniado, me alegro por ti, haber cuanto duras en sus garras- dijo entre carcajadas mientras alejaba poco a poco- Me voy, aun tengo que redactar un informe para el jefe.

-Muy graciosa-ironicé-Hasta luego.

Dicho esto me encerré en mi nuevo despacho, encendí el viejo reproductor de música que tenía, comenzó a sonar el himno de Escocia, mi preferido, que era más que eso, era la voz de la libertad, encabezada por el sonido de las gaitas, aquella que me había sido robada en otro tiempo y de la que ahora no quedaban más que vagos recuerdos. Intentaba no pensar en ello, en no recordar… Pero al final, quieras o no tu pasado acaba volviendo a ti de una forma u otra.

Fui al archivador, cogí el expediente de la chica asesinada y comencé a leerlo con el fin de distraerme.

Nombre y apellidos: Julia Figueroa Martínez

Edad: 24 años

Fecha y lugar de nacimiento: 15-11-1985, Santiago de Compostela

Progenitores: Roberto Figueroa Delgado y Amanda Martínez Delfino

Hermano/a os/as: Samuel Figueroa Martínez

Estado civil: Soltera.

Hijo/a os/as: -

Carrera laboral: Licenciada en artes musicales por el Conservatorio Profesional de Música de Santiago de Compostela especializada en Piano. Ha destacado en la composición de música clásica al ganar un Grammy a la Mejor composición de Música de Cámara con el dueto para piano, lo más extraño que no aparecía el nombre por ningún lado.

Asique era pianista profesional-reflexioné mientras proseguía con mi lectura.

Nunca había tenido problemas con la ley, no consumía estupefacientes, sin problemas económicos. Es decir, una mujer perfecta, con una vida casi perfecta había sido asesinada y nosotros sin encontrar razón aparente, no teníamos un móvil y así no podríamos encontrar un perfil concreto que nos indicase quién podría ser el asesino.

Miré el reloj, eran las 6 de la tarde asique decidí ir a ver a Sabela a la sala de autopsias.

Bajé las escaleras que conducían a aquella sala que parecía una funeraria en la planta baja, abrí la puerta y vi a Sabela que estaba dándome la espalda examinando lo que parecían unos pulmones, comencé a llamarla:

-¡Sabela, Sabela! ¿Me oyes?

Como no respondía me acerqué a ella y le toqué en la espalda, acto seguido me respondió dándome una bofetada.

¡Ah!-grité-¿Pero qué coño te pasa? ¡Te estoy llamando y no me haces ni puto caso, y además, me pegas!

-Lo siento, ¿vale? Estaba con la música. Me asustaste.-respondió- Ten más cuidado la próxima vez.

-Venía a traerte unas pistas buenísimas.-le dije

-Sigue investigando y me las dices a la salida. Vamos a tomar un café y te enseño también lo que descubrí yo. ¿Te parece bien?

-Vale, vale.-respondí mientras abría la puerta.

Subí de nuevo al despacho y me senté a descansar un rato mientras escuchaba el Canon de Pachelbel en Re Mayor. Necesitaba un respiro.

Poco después se abrió la puerta de sopetón, era Elena.

-¡Podrías llamar antes! ¿No?- le grité por haber interrumpido mi siestecita.

-Es importante, acabo de encontrar esto en recepción-dijo mientras me tendía un paquete marrón- pone que es para ti.

-¿Para mí? ¿De quién?-pregunté

-No sé, no tiene remitente y nadie ha visto quién lo ha dejado.

-Que extraño… Esto no lo ha podido traer un mensajero, pues necesitarían que le firmasen la confirmación de que se ha recibido el paquete.

-Ahora que lo dices, tienes razón. Bueno ya me dirás que es, te dejo.

-Vale.

Dicho esto se marchó y yo empecé a examinar el paquete. Tenía escrito mi nombre con rotulador negro en el envoltorio: “Para Heikki Waltari” .Empecé rompiendo el papel que lo cubría intrigado por su contenido, luego abrí la caja y quedé perplejo al ver su contenido. Era un CD sin nombre, ni título de canción, ni nada por el estilo. También había una carta. La cogí y la abrí. Saqué el papel que contenía, comencé a leerla:

“Hola Heikki,

Si has recibido esta carta quizás estés un poco desconcertado, pero no te preocupes, no es nada malo sino todo lo contrario. El destino ha querido que no encontremos de nuevo y yo siempre he hecho todo lo posible para que así fuese. Necesito hablar contigo, volver ha verte y decirte que nunca me he olvidado de ti. Quedamos a las 10:30 en la plaza de María Pita; espero que vayas.

PD: Escucha el CD, te ayudará a comprender.

Anónimo”

¿Pero quién me había podido enviar aquella carta? Fuera quién fuese tenía razón, la carta me había dejado totalmente descolocado no sabía que hacer, asique opté por hacer lo que me decía y metí el CD en el reproductor. La música comenzó a sonar, parecía heavy metal y la voz cantante era la de una mujer, sonaba maravillosamente bien, era la voz mas fascinante que había escuchado nunca, acompañado por un solo de guitarra que sobresalía por su ejecución perfecta acompañando a la voz cantante.

“I hope you will come back

I can’t said you Good bye”

Aquella canción melancólica y triste había logrado llevarme a los recuerdos de mi infancia, los juegos con mi hermano, las caricias de mi madre, los cuentos de mi padre. Todos se esvanecían con el tiempo, pues no eran más que eso… Recuerdos…Ciertamente, como decía la canción, había llorado mucho, pues mi vida había estado llena de despedidas y de adioses; desgraciadamente, todos sin reencuentro.

En ese momento sonó el móvil, Sabela me había dado un toque, ¡se me había olvidado! Había quedado con ella en el bar de enfrente de la comisaría. Salí corriendo y gracias a Dios, aún estaba entrando cuando llegué.

Ella pidió un bloody mary, yo, un vodka negro con nestea.

-A ver, ¿que era eso tan importante que tenías que decirme?-preguntó intrigada

-Cuando estábamos en la casa donde hallamos el cadáver, mientras tu lo examinabas, encontré esto-dije mientras sacaba el diario que encontrara en la mansión-se titula “Abyssus abyssum invocat” y al parecer es un diario, puede que esté relacionado con el caso.

-¿Que pone?

-No lo sé, aún no lo he leído.

-Pues a que esperas- dijo

Le leí uno de los párrafos: “Recibirán su merecido, lo que han hecho les costará caro, mi plan no fallará, lo aseguré todo. Nadie recordará a “Abyssus abyssum invocat”, las sombras y el olvido caerán sobre “Abysuss abyssum invocat” Nada volverá ha ser como antes, ahora me toca disfrutar a mí. ¡JAJAJA!”

-¡Dios mío!-exclamé- Que mal suena esto.

-Suena ha conducta obsesiva –precisó Sabela- repite mucho, por lo que veo, esa frasecita en latín.

-Tienes razón, quizás simbolice algo. Esto es todo.

-Puede ser…

Luego ella me relató lo que había descubierto en la autopsia del cadáver, al parecer la víctima había muerto asfixiada por un pañuelo de tela con un piano bordado, introducido por el asesino para hacerla callar. Al acabar, se levantó de la mesa. Eran las 10 menos cuatro.

-¿A dónde vas?-pregunté.

-A hacer unas cosas. Nos vemos mañana a primera hora para
seguir investigando.

-Creo que no voy a poder ni dormir esta noche.

-Ni yo- respondió y salió apresuradamente del bar.

Yo también me marché, me quedaba algo pendiente que hacer. Asique me dirigí hasta mi piso corriendo, pues llovía a cántaros, allí me recibió Cuca dándome lametones para que la sacara a pasear, hoy no había podido. Antes de salir, guardé la pistola en un cajón bajo llave y tomé un paraguas, ante mirada triste de mi perrita.

Caminaba despacio, no tenía demasiada prisa por llegar, aunque me daban ganas de dar la vuelta; la curiosidad que me poseía era mayor que el miedo que podía sentir hacia aquel misterioso encuentro. En 10 minutos llegué a la concurrida plaza de María Pita, podía ver las terrazas cubiertas y los bares que se disponían por toda la plaza llenos de gente tomando unas copas, jugando a las cartas, charlando,… Decidí sentarme en una de las terrazas y tomar un café para calentarme la garganta, mientras esperaba a no sabía a quién, pues no tenía idea que quería aquella persona de mi, no sabía siquiera si me habían tendido una trampa, o si no era más que una broma, asique me resigné a lo que podría pasar. Eran las 10:45, ya había acabado el café y no había venido nadie ha hablar conmigo, asique defraudado y pensando que había sido una broma decidí irme. Estaba cruzando la plaza cuando al pasar junto a la estatua de María Pita sentí que alguien me agarraba por el brazo y tiraba de mí, asustado giré la cabeza bruscamente. Ante mí había un hombre de gafas rubio muy corpulento, más o menos de mi estatura que me miraba fijamente y a la vez me agarraba fuertemente del brazo.

-¿Qui…? ¿Quién es usted?-pregunté temeroso

-Aquí no podemos hablar, vamos a otro sitio-respondió el hombre a la vez que tiraba de mi en dirección a un estrecho callejón donde solo había una taberna de mala muerte allí escondida-Entraremos aquí si no te importa, estaremos más tranquilos

Yo había enmudecido ante aquello y tardé varios segundos en responder, ante la mirada atónita de aquel sujeto.

-Por mí bien-respondí al fin.

-Bien, entonces entremos.

Nos sentamos en una mesa pegada a la única ventana de aquel cuchitril, mientras un grupo de camioneros que jugaban al billar nos miraron con curiosidad. Debían sentirse extrañados de que alguien entrara por primera vez allí sin ser ellos.

-¿Quieres algo?-preguntó el tipo.

-No, gracias. Acabo de tomar un café.

-¡Una cerveza, por favor!- gritó dirigiéndose al tabernero

-¿Me podría decir quién es usted?-pregunté

-¿De verdad no me reconoces? ¿Tanto he cambiado?

-La verdad… creo que no le conozco-dudé.

-Quizás esto te haga recordar-entonces sacó una foto del bolsillo de la chaqueta y la puso sobre la mesa acercándomela.

Me dio un vuelco al corazón al verla, de repente casi todo el enigma que había intentado resolver durante todos aquellos años estaba hecho, pero no gracias a mí si no a la persona que acababa de enseñarme aquella foto…En la que quienes aparecían eran ni más ni menos que yo y mi hermano de pequeños balanceándonos en unos columpios. No podía ser cierto… ¡Aquel hombre tenía que ser mi hermano!

-¡Eres Daniel!-exclamé

-¡Por fin me has reconocido! ¿Es que he cambiado tanto?

-Pues claro que has cambiado, no te reconocía, además, ahora llevas gafas y estás totalmente distinto.

-Tú también has cambiado mucho. Mírate. Ya eres todo un hombre.

Dicho esto los dos nos levantamos y nos dimos un abrazo.

-Te estuve buscando durante mucho tiempo. Pensé que habías vuelto-dije.

-Yo también te busqué, me enteré de que te habías hecho policía y que estabas aquí, en A Coruña, por eso decidí dejarte el paquete en la comisaría donde trabajas.

- ¿Y por qué tanto misterio con lo del paquete?-pregunté

Quería asegurarme de que vendrías, siempre te han gustado los misterios. Si te dijera que era tu hermano, pensarías que era una broma, pasarías de venir y olvidarías el tema. Además, quería darte una sorpresa.

Como me conoces..., ¿Y que es de tu vida?

En ese momento le sonó el móvil; lo miró y su rostro mudó completamente serio, como si acabara de ver un fantasma.

-Yo estoy bien. Tengo que irme, siento no poder quedar hablar contigo, tengo tantas cosas que contarte…-dijo con la mirada triste- te doy mi número y ya quedaremos.

-Está bien-respondí

Luego se levantó de la mesa, miró inquieto por la ventana y se despidió:

-Hasta pronto.

-Hasta pronto. Cuídate mucho- le dije.

El sonrió y se marcho haciendo un gesto con la mano.

Volví a casa más contento que nunca, me tumbé en el sillón y me puse a ver las noticias sin dejar de pensar en lo que en un solo día me había pasado, quizás uno el día más movidito de mi vida en mucho tiempo. Aunque sentía que aquello no era más que un aperitivo de lo que estaba por llegar.

Me puse el pijama y me acosté en la cama, también era la primera vez que lo hacía en mucho tiempo. Casi siempre me quedaba tumbado en el sofá leyendo alguna novela de misterio y no solía descansar mucho, pero aquel día era especial. Al rato, el sueño me venció. Por fin podría dormir tranquilo.