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Capítulo 4 [Narrado por Heikki]

martes, 18 de mayo de 2010

Desperté sobresaltado, una gota de sudor recorrió mi frente haciendo que me diera cuenta de que solo era una pesadilla, una macabra broma del destino, que jugaba a impedir que fuera feliz , una tortura que infundía miedo a mi corazón y fe a mi alma que me recordaba que no era más que un mortal en aquella vida que tan injusta había sido conmigo… Pero, a pesar de todo, parecía haber luz al final del túnel y el reencuentro después de tanto tiempo con mi hermano parecía ser la estrella polar que me indicaría el norte que debía seguir y que iluminaría mi camino, plagado de sombras y obstáculos, aunque tenía la esperanza de que llegaría el día en el gorrión correría tras el halcón.

Bajé los pies lentamente hasta sentir el frio tacto del suelo acosando mis pies, el reloj marcaba las 4:45, me senté sobre la cama aún adormilado para coger el vaso de agua de la mesita, al acabar de saciar mi sed sonó el busca, lo cogí intrigado, era un mensaje de Helena donde me detallaba de Verónica, la chica que entrara en la escena del crimen, y donde podíamos encontrarla para interrogar. Rápidamente cogí el móvil y llamé a Sabela.

-¿Sí?

-¿Estabas dormida?-Pregunté.

-No he logrado dormir en toda la noche. ¿Por?

-¿Tú tampoco?-Intentando que me contara algo de lo que me estaba ocultando.

-¿Qué querías?-dijo cambiando de tema.

-Helena me acaba de mandar un mensaje al busca. Verónica, ¿te acuerdas? La chavala que entró en la escena del crimen.

-Sí, me acuerdo. ¿Cómo no me voy a acordar?

-Ha vuelto a casa. Y parece ser que se aloja en la casa de la señora que nos alertó.

-¿Ha asumido la tutela?

-Ya tenía la tutela. E
s su abuela.

Comencé a cambiarme mientras sujetaba el teléfono entre la cabeza y el hombro.

-Curioso.-dijo.- ¿No crees que la nieta también vería algo?

-Eso es lo que quería que hiciésemos, preguntarle.

-Pero Heikki, son las 5 de la mañana.

-Por lo menos salimos de casa. Y podemos salir a dar un
paseo por Buño, que parece ser que es precioso.

-Está bien. ¿Dónde te recojo?

-En la comisaría. Tengo la casa a un paso.

-Ok, voy ahora.

Acabé de vestirme y me puse mi gabardina preferida que me recordaba a Sherlock Holmes y bajé corriendo a esperar a Sabela que aun tardó un rato en llegar.


-Por fin estás aquí.-grité.

-Chico, es que sólo a ti se te ocurre salir a las 5 de la mañana con una gabardina tan fina
.

-Pero… ¿mola o no?- dije entre risas.

-Anda, sube- me ordenó riéndose


Partimos entonces hacia Buño en la fría noche, mientras el frio aire del amanecer nos acariciaba la cara congelándonosla.

-¿Qué hacías, en vez de dormir?-pregunté


-¿Qué iba a hacer? Romperme la cabeza.

Llegamos al pueblo, Sabela aparcó al lado de un campo donde en el horizonte comenzaba a salir el sol perezoso siendo la única luz entre la oscuridad que lo engullía todo. Luego paseamos un poco por el bosque, hasta que llegamos a un monte que se encontr
aba en una gran elevación.

-¿Qué es ese monte que está ahí en lo alto?-pregunté.


-Se llama “Buenavista”, pero por aquí le llaman “Campo da Culpa”.-respondió, sin sacar las manos de los bolsillos, al igual que yo.

-Vaya nombre. ¿Crees que habrá alguna leyenda o algo chungo detrás?

-Probablemente. La verdad es que tiene toda la pinta.

Seguimos caminando hasta llegar ha la casa de las Castro, la majestuosa mansión firme y imponente, antigua y vieja, parecía poseer un aura que nos atraía hacia ella, como el néctar de las flores atrae a
las abejas, curiosas y exploradoras como nosotros , parecía estar pidiéndonos que desvelásemos el misterio que encerraba entre sus silenciosas y agrietadas paredes. Nos quedamos observándola la fachada de estilo modernista donde en una ventana colgaba un cartel que ponía “Se vende” y la puerta medio abierta parecía estar invitándonos a entrar. Sabela rompió el inquietante silencio.

-La verdad es que no encontramos los brazos de la víctima.-dijo.

-¿Sugieres que entremos?

-No sugerí nada, pero si te empeñas.

Empujó un poco la puerta, la cual estaba ya abierta, aunque con papeles puestos por la policía que impedían la entrada. Estaba todo completamente oscuro, tanto que no se podía distinguir dónde estábamos. Sabela sacó de su bolsillo un mechero.


-Con esto podremos guiarnos. ¿Tú no tienes ninguno?

-S…Sí, uno de propaganda de un bar.

-Valdrá.

Comenzamos a subir las viejas escaleras de madera que parecían que se iban a derrubar cada vez que dábamos un paso, mientras el miedo a lo misterioso y desconocido me invadía.

“Ñec”

-¿Qué ha sido eso?

-Tranquilo, fue es una escalera que crujió.

-¿Segura?

-S…Segurísima.

-Has titubeado.

-No he titubeado. Deja de decir chorradas.

-¿Y si el asesino sigue aquí?


-Sí, hombre, como en una peli de terror, no te jode. Está esperando para cogernos desprevenidos y…¡¡Ah!!

-¿Qué pasa, Sabela?


-Me han tocado… La muñeca…

-Fui yo. Es que me da un poco de yuy
u estar en este sitio.

-Vuelve a ponerme la mano encima y te arreo. ¿Entendido?

-Vale, vale.

Entramos en una habitación, la primera que vimos, a mano izquierda al terminar las escaleras. Allí encontramos las dos piernas y un brazo cortados en una esquina, con el suelo todo manchado de sangre.

-Ahí están.

-Joder, Sabela, qué puto asco. ¡Y qué olor! Creo que voy a vomitar…

-¿Pensabas que iba a oler a flores silvestres? Anda, respira hondo.

“Uf, uf, uf”

Avanzamos, intentando no volver a alumbrarlas con el mechero, aunque yo de un impulso, lo hice.

-Vámonos, esto no me gusta.


-No seas gallina. Falta el otro brazo. Seguramente ahora nos tiene preparada alguna sorpresita.

-¿S…Sorpresita?

-¿Por qué crees que lo ha aislado?

Entramos en otra habitación. Lo único que había en ella era un piano de madera, prácticamente destrozado por la carcoma. Encima de él había unos papeles, roídos por las ratas, las cuales todavía seguían con su trabajo, mirándonos con aquellos ojos negros y brillantes.

-Sabela, vámonos antes de que sea demasiado tarde.

-Tiene que estar cerca, Heikki, lo huelo.

-Yo también lo huelo, por eso vámonos. Además, esto está infe
stado de ratas.

-Tienes fuego, asústalas con él.

Fue en la habitación contigua
donde lo encontramos, junto a un charco de vómito donde se podía apreciar sangre.


-Esto es vómito. Parece llevar aquí años.-dijo Sabela.

-La madre que me parió.

-Dudo que sea del asesino. No creo que le hiciese mucho asco todo esto, sino no lo habría hecho. A él lo que le causa es placer.


-¿Y de quién es?

-Deberíamos llevar una muestra al laboratorio; podríamos sacar el ADN de la sangre.

Dicho esto se dio media vuelta y se quedó mirando fijamente el brazo amputado que permanecía tirado en el suelo como esperando a que alguien se dignara a recogerlo y darle sepultura. Le faltaban los dedos de la mano izquierda y no se veían tirados por ningún lado, ¿para querría el asesino llevarse los dedos de la mano de su victima? De repente levanté la vista, el rostro de Sabela reflejaba terror.

-¿Te pasa algo, Sabela? Estás pálida.

-No, estoy perfectamente. Ahora soy yo la que quiere largarse de aquí- contestó nerviosa.

-Pero mira. Le han quitado los dedos.

-Llamaremos ahora a la poli. Ahuecando.

Salimos de allí rápidamente. Sabela parecía haber visto al mismísimo demonio de lo pálida que estaba, yo moría de miedo. Ignoraba lo que le había provocado tanto terror, la verdad era que todo aquello, los dedos que le faltaban a la victima, el vómito, las extremidades esparcidas por la casa, aquello era algo más que un simple loco perturbado.


Seguimos paseando por Buño, intentando desviar nuestros pensamientos de aquella casa y todos los misterios que contenía. Llamamos a la policía en cuanto comenzó a hacerse de día, la cual llegó pronto para recoger los miembros, que creíamos desaparecidos, de la víctima para que sabela pudiese examinarlos. Cuando terminaron de hacerlo, ya eran las 7 y media, por lo que Sabela y y
o optamos por ir a casa de la señora que encontró el cuerpo, para poder hablar con Verónica.

Era una casa rústica de piedra ,
aunque estaba bien conservada se notaba que tenía por lo menos un siglo. Unas macetas en las que había plantadas unas hortensias daban un toque de color a la austera fachada. Golpeamos la puerta, pues no tenía instalado ningún timbre. “¡Xa vai!”. La voz de una señora. Escuchamos entonces unos pasos sordos que se dirigían a la entrada. Abrieron. Efectivamente, era la mujer que había descubierto el cadáver. Tendría aproximadamente 70 años, aunque se conservaba como si tuviese 50, posiblemente de joven habría sido modelo, su porte no era el de una mujer de aldea que trabaje en el campo, su cuerpo esbelto y delgado, las uñas pintadas y su vestimenta daban credibilidad a mi hipótesis. Lo que más llamaba la atención de su apariencia, sin embargo, eran sus ojos profundamente verdes.


-¿Desean algo?-preguntó, con un acento gallego bastante marcado.


-Somos Sabela Suárez y Heikki Waltari, de la policía.-respondí.

-Ya he hablado con la policía.-dijo, de malas maneras.

Seguramente estaba cansada de que estuviesen preguntándole una y otra vez sobre el horror que había visto.

-La verdad es que no queríamos hablar con usted, señora.-aclaró Sabela.- Queremos ver a su nieta Verónica.

En cuanto mencionó a la
chica, la ira de su rostro se convirtió en una gran preocupación. Abrió la boca, con intención de decirnos alguna excusa para no verla, pero Sabela pudo argumentar antes:

-Si no nos deja interrogarla, no tendremos más remedio que llevarla a la comisaría, y ninguno de nosotros quiere que pase, ¿no es cierto?

La señora no supo qué decir. Miró hacia los lados, como intentando buscar a su nieta en la niebla. Bajó entonces la cabeza.

-Síganme.

Nos condujo entonces por su largo pasillo, empapelado por una alfombra azul, hacia una habitación con la puerta de madera barnizada. El nombre “Verónica” estaba pintado en un cartel, adornado con mariposas de acuarela. Golpeó un par de veces la puerta sin llegar a obtener respuesta. La abrió sin más dilación.

La habitación era rosa, con las paredes coronadas de posters de películas de dibujos animados. Había una cómoda, en cuyos cajones se encontraría la ropa de la joven, y encima de ella había unas cuantas muñecas de porcelana, prácticamente destrozadas, y una fotografía. Seguramente había viv
ido en aquella casa desde pequeña. Quizás sus padres habían estado instalados allí. Verónica se encontraba sentada en la cama, acurrucada en una esquina, hecha una bolita, mirando fijamente un póster de “Alicia en el País de las Maravillas”. En cuanto percibió nuestra llegada, nos miró asustada y comenzó a gemir.

-Tranquila, cariño, son amigos míos. Vienen a hacerte unas preguntas.

Sabela se acercó a ella y sentó a su lado.

-¿Cómo estás, Verónica?-le preguntó.

La joven volvió a contemplar el póster.

-Quiero ser como Alicia.-dijo.- Alicia es bonita, es tan guapa…-comenzó entonces a tocarse la cara y a retorcerse las mejillas.- Es tan, tan, tan, tan, tan guapa…-entonces, y sin más previo aviso, se bajó de la cama y se arrastró como si fuese un gusano hacia mí, gritando:- Pero yo también lo so
y, ¿verdad? ¿Lo soy? ¿¡Lo soy!?- se agarró a mi pierna, sin dejar de mirarme a los ojos.- ¡Tengo que serlo! ¡Si no lo soy, me pisarán! ¡Dime que soy guapa! ¡¡Dime que soy guapa!!

Su última frase sonó con un tono casi amenazante. La situación me había pillado por sorpresa no sabía como actuar si apartarla o responderle, gracias a Dios la señora, que no se había ido de la habitación, agarró a Verónica por los hombros y la condujo a su cama de nuevo.

-Ya hemos hablado de esto.-le susurró.- Nadie es
más guapa que tú.

-Lo sabía.-mur
muraba ella.- Lo sabía.

-Mira, sabes que hubo un asesinato aquí al lado. ¿Recuerdas? ¿Viste algo?-preguntó Sabela

-Yo no vi nada, nada, nada, nada.-negó con la cabeza.

-¿Estabas con tu tía en casa aquel día?-pregunté.

-No… Sí… No…Sí… No sé…Bien- se me quedó mirando fijamente, con sus penetrantes ojos negros como si estuviera intentando leer mi pensamiento, luego esbozó una pequeña sonrisa de loca, pero en cuanto Sabela le hizo una pregunta, volvió a su expresión inicial.

-Vero, ¿quién está contigo en esta foto?

-Conmigo.-repitió.- Conmigo no hay nadie.

-No pasa nada porque me lo digas. No se lo voy a contar a nadie.

Comenzó entonces a hiperventilar. Vi que tenía las mejillas encarnadas y los ojos inyectados en sangre. Se aferró a aquella afirmación, como si fuese el cabello al que se aferraban entonces sus manos.

-¡Conmigo no hay nadie!-chilló.


La señora fue a socorrerla, pues parecía ahogarse. Giró la cabeza y cerró los ojos, como para no verla.


-¡Váyanse!-nos ordenó la anciana.

Obedecimos. No teníamos nada que hacer allí. Al salir, éramos nosotros los que estábamos sonrojados.

-Recuérdame que no volvamos a interrogar a alguien así, anda.-dije.

-No lo hice con mala intención, solo fue curiosidad.

-No es por ti, es por ella. Esta loca.

-No, si eso ya se nota.

Se hizo un momento el silencio, mientras volvimos a echar a caminar.

- Seguramente era la madre quién aparecía, o algo similar.-concluyó Sabela.

-Supongo.


Nos encaminamos hacia la moto. Ansiábamos escapar de aquel lugar.

-¿Quieres parar a comer por el camino?-pregunté- Hay cerca de aquí un restaurante que es para chuparse los dedos.

-¿El restaurante? ¡Qué dieta tan rara tienes!-dijo entre risas.

-No finjas que no me entendiste.-respondí irónicamente.

Después de comer, volvimos a Coruña. Un viaje extraño, muy extraño y desconcertante. Buscábamos despejar dudas y nos habíamos encontrado con más interrogantes. El frío se me clavaba en la cara como las flechas que martirizaron a San Sebastián Asaetado, el viento acariciaba mi piel, veloz, con sus suaves manos y la adrenalina se extendía por mi cuerpo haciendo inolvidable, aquel, mi primer viaje en moto.

Por fin llegamos, Sabela me dejó junto a la comisaría. Luego me dirigí corriendo hasta mi piso, di de comer a Cuca y me tumbé en el sillón. Cogí el móvil, miré el móvil de mi hermano, habían pasado cuatro días desde mi encuentro con él, tenía ganas de saber, de obtener respuestas, de rescatar los restos de los recuerdos del pasado y aferrarme a ellos como lo único que me quedaba en el mundo. Opté por pulsar el botón de llamada, una canción sonó de “ya-voy”: “Craving your heart , oh”

Era una voz de mujer la que la interpretaba, me resultaba familiar como si ya la hubiera escuchado antes, acompañada por un solo de guitarra, seguramente el guitarrista sería mi hermano.

-¿Diga?-la música cesó y sonó una voz masculina.

-¿Daniel? Soy yo, Heikki, tu hermano.

-¡Hola, Heikki! ¿Qué tal?

-Bien ¿y tu?

-Yo de maravilla-dijo entre risas- ¿te apetece queda hoy, y hablamos con más tranquilidad?

-De acuerdo, ¿a las 9, te viene bien? ¿En el restaurante que hay junto al paseo marítimo, “Mirador de San Pedro”?

-De acuerdo, allí te veo.

-Hasta luego.

Luego el silencio lo cubrió todo, dejándome asolas con mis pensamientos me dí un placentero baño de agua caliente y vestí mi traje nuevo. Cuando el reloj marcó las nueve monté en mi “Mini” y me dirigí al restaurante. Dejé el coche junto al estadio de Riazor y proseuí el trayecto a pie por le paseo marítimo.La luna reflejada en el mar se apoderó de la noche, una noche tan eterna y tan fugaz como mis recuerdos rotos, mis sueños imposibles y mis deseos truncados. A lo lejos , en la arena, un joven tiraba piedrecitas al mar.

¡Tuomas!-grité saludando con la mano.

El chico giró la bruscamente cabeza sorprendido y dirigió la mirada al lugar de donde provenían los gritos hasta que me vio y respondió moviendo la mano.

¡Heikki!

Después de saludar a Tuomas proseguí mi camino, en el restaurante esperaba Daniel, vestido con una cazadora chupa marrón y una camisa blanca. Había escogido una acogedora mesa para dos personas con unas vistas preciosas al mar. Un vino blanco, el Ribeiro, reinaba en la mesa junto a dos copas vacías, la decoración era minimalista pero con una explosión de color.

-Buenas noches-saludó mi hermano.

-Hola- dije a la vez que me sentaba- ¿Te gusta el local?

-Si, has hecho una buena elección.

Daniel pidió - Arroz con Lubrigante y yo “Composición de Merluza y Pulpo en Red de Verduritas y Patatas Confitadas”

-Heikki, tengo que contarte algo-dijo muy serio.

-Dime.

-La verdad, es que no he llevado una vida muy correcta durante estos años, después de que nos separan me junté con malas compañías y acabé cayendo en las redes de la droga, estaba totalmente enganchado a esa mierda… Tenía 20 años cuando conocí a una chica que cantaba en un grupo, Amy se llamaba…

Amy, donde había oído yo ese nombre…-pensé

-Me ofreció trabajo de guitarrista, la verdad es que siempre se me dio bien tocar, se preocupó mucho por mí y me sacó de ese mundo. Acabé perdidamente enamorado de ella y me correspondía… Lo malo, tenía novio un tal Tobías, se casó y el grupo se desintegró la ultima vez que la ví nos besamos y me dio esto-dijo mostrando un collar de la mano que tenía la forma de una clave de sol- no la volví a ver más, solo sé que se convirtió en una pianista de éxito, también recibí la amarga noticia de que había muerto de cáncer. Cuanto lloré junto a su tumba.

Un silencio se hizo en la estancia, nos cruzamos las miradas, la de Daniel reflejaba melancolía y tristeza. Sus palabras volvieron a resonar en mis oídos, cansadas y pesadumbrosas.

-Volví a recaer, pero esta vez me metí de lleno hasta tal punto de estar al servicio del narco más poderoso de la Costa da Morte, Xulio Pombo, no lo puedo dejar o me sentenciará a muerte, ahora que eres policía necesito tu ayuda.

Miré a mi hermano, sus ojos llenos de arrepentimiento, dolor y miedo pedían ayuda desesperadamente, me partía el alma verlo en aquella situación.

-¡Nunca dejaré que eso ocurra, me oyes!- le dije agarrándolo por los hombros y lo abracé- Te sacaré de esa jodida mierda cueste lo que cueste. No te pienso volver a perder ahora que te e encontrado después de tanto tiempo, eres lo único que me queda.

Volví casa, la cabeza me daba vueltas, parecía como si una ola gigante me hubiera engullido y revuelto como a un trozo de madera, me sentía como un naufrago a la deriva en medio del océano Pacífico, me tumbé en la cama y me sumergí en un mundo de sueños, aquellos que veía tan lejanos.

Capítulo IV (narrado por Sabela)

domingo, 31 de enero de 2010






Me pasé buena parte de la noche leyendo “Hamlet”, mi libro favorito desde siempre. Quise encerrarme en la lectura, dejar que el relato me atrapase para no pensar más en todo aquello, en la niña, en los asesinatos. Y lo peor es que no tenía a nadie a quién llamar. Me había convertido en una Ofelia, marcada por un amor que no pudo llegar a cuajar, destrozada para siempre, ahogándome en un mar de soledad. Quizás Amy también lo era, y había dejado que su fama la anegase. O ni siquiera la fama, sino algo más complejo. Algo que escapase a mi comprensión, a la suya propia.

Heikki me llamó, por ahí de las 5 de la mañana.

-¿Sí?-pregunté.

-¿Estabas dormida?

-No he logrado dormir en toda la noche. ¿Por?

-¿Tú tampoco?

-¿Qué querías?-desvié el tema.

-Helena me acaba de mandar un mensaje al busca. Verónica, ¿te acuerdas? La chavala que entró en la escena del crimen.

-Sí, me acuerdo. ¿Cómo no me voy a acordar?

-Ha vuelto a casa. Y parece ser que se aloja en la casa de la señora que nos alertó.

-¿Ha asumido la tutela?

-Ya tenía la tutela. Es su abuela.

Ladeé la cabeza.

-Curioso.-dije.- ¿No crees que la nieta también vería algo?

-Eso es lo que quería que hiciésemos, preguntarle.

-Pero Heikki, son las 5 de la mañana.

-Por lo menos salimos de casa. Y podemos salir a dar un paseo por Buño, que parece ser que es precioso.

-Está bien. ¿Dónde te recojo?

-En la comisaría. Tengo la casa a un paso.

-Ok, voy ahora.

Me vestí, bastante abrigada, y me fui hacia donde él me había dicho, donde me esperaba tiritando.

-Por fin estás aquí.-bramó al verme.

-Chico, es que sólo a ti se te ocurre salir a las 5 de la mañana con una gabardina tan fina.

-Pero… ¿mola o no?

-Anda, sube.-le ordené, riéndome.

Partimos entonces hacia Buño en la fría noche, dejando que las ruedas de la moto se deslizasen en una carretera prácticamente congelada por el rocío.

-¿Qué hacías, en vez de dormir?-me preguntó Heikki, gritando.

-¿Qué iba a hacer? Romperme la cabeza.

Llegamos al pueblo por lo menos una hora después. Todavía estaba oscuro, pero en el horizonte, marcado por el apodado “Campo da Culpa”, relucían unos reflejos ambarinos que indicaban la inminente salida del Sol. Paseamos un rato por el bosque, a pesar de lo oscuro que estaba.

-¿Qué es ese monte que está ahí en lo alto?-preguntó él, señalándolo con la cabeza.

-Se llama “Buenavista”, pero por aquí le llaman “Campo da Culpa”.-respondí, sin sacar las manos de los bolsillos, al igual que mi compañero.

-Vaya nombre. ¿Crees que habrá alguna leyenda o algo chungo detrás?

-Probablemente. La verdad es que tiene toda la pinta.

De repente, y como si fuese el destino el que nos guiase, nos vimos enfrente de la mansión de las Castro. Nos detuvimos, mirando su majestuosa fachada, corroída por los años. En una de las ventanas que poseía, había un cartel que ponía “Se vende”. Las enredaderas estrangulaban las vallas que cercaban su vasto jardín y el moho se escondía entre las piedras, alimentándose de la humedad de la noche. Al igual que nuestros sueños rotos. Y nuestra curiosidad.

-La verdad es que no encontramos los brazos de la víctima.-dije.

-¿Sugieres que entremos?

-No sugerí nada, pero si te empeñas.

Empujé un poco la puerta, la cual estaba ya abierta, aunque con papeles puestos por la policía que impedían la entrada. Estaba todo completamente oscuro, tanto que no se podía distinguir dónde estábamos. Saqué de mi bolso un mechero y lo encendí.

-Con esto podremos guiarnos. ¿Tú no tienes ninguno?

-S…Sí, uno de propaganda de un bar.

-Valdrá.

Subimos despacio unas escaleras que había cerca de la entrada. El piso de arriba todavía no había sido examinado.

“Ñec”

-¿Qué ha sido eso?

-Tranquilo, fue es una escalera que crujió.

-¿Segura?

-S…Segurísima.

-Has titubeado.

-No he titubeado. Deja de decir chorradas.

-¿Y si el asesino sigue aquí?

-Sí, hombre, como en una peli de terror, no te jode. Está esperando para cogernos desprevenidos y…¡¡Ah!!

-¿Qué pasa, Sabela?

-Me han tocado… La muñeca…

-Fui yo. Es que me da un poco de yuyu estar en este sitio.

-Vuelve a ponerme la mano encima y te arreo. ¿Entendido?

-Vale, vale.

Entramos en una habitación, la primera que vimos, a mano izquierda al terminar las escaleras. Allí encontramos las dos piernas y un brazo cortados en una esquina, con el suelo todo manchado de sangre.

-Ahí están.

-Joder, Sabela, qué puto asco. ¡Y qué olor! Creo que voy a vomitar…

-¿Pensabas que iba a oler a flores silvestres? Anda, respira hondo.

“Uf, uf, uf”

Avanzamos, intentando no volver a alumbrarlas con el mechero. Heikki, en un impulso, lo hizo.

-Vámonos, esto no me gusta.

-No seas gallina. Falta el otro brazo. Seguramente ahora nos tiene preparada alguna sorpresita.

-¿S…Sorpresita?

-¿Por qué crees que lo ha aislado?

Entramos en otra habitación. Lo único que había en ella era un piano de madera, prácticamente destrozado por la carcoma. Encima de él había unos papeles, roídos por las ratas, las cuales todavía seguían con su trabajo, mirándonos con aquellos ojos negros y brillantes.

-Sabela, vámonos antes de que sea demasiado tarde.

-Tiene que estar cerca, Heikki, lo huelo.

-Yo también lo huelo, por eso vámonos. Además, esto está infestado de ratas.

-Tienes fuego, asústalas con él.

Fue en la habitación contigua donde lo encontramos, a la par que un charco de vómito, en el que se podían apreciar unos chorros de sangre.

-Esto es vómito. Parece llevar aquí años.

-La madre que me parió.

-Dudo que sea del asesino. No creo que le hiciese mucho asco todo esto, sino no lo habría hecho. A él lo que le causa es placer.

-¿Y de quién es?

-Deberíamos llevar una muestra al laboratorio; podríamos sacar el ADN de la sangre.

Me di la vuelta. El brazo arrancado estaba allí cerca. Me fijé con horror que no tenía dedos: habían sido separados. Recordé lo que ponía en la revista que había leído sobre la muerte de Amy; uno de los rumores que circulaban sobre su muerte era que no tenía dedos en la mano izquierda. La mano del lado del corazón. ¿Coincidencia? ¿Rumor? Comencé a dudarlo.

-¿Te pasa algo, Sabela? Estás pálida.

-No, estoy perfectamente.

¿Realmente lo estaba?

-Ahora soy yo la que quiere largarse de aquí.

-Pero mira. Le han quitado los dedos.

-Llamaremos ahora a la poli. Ahuecando.

Salimos de allí rápidamente. Heikki moría de miedo. Yo moría de terror. Si realmente era cierto el estado en el que se encontraba el brazo de Amy, no sólo significaría que fue asesinada, sino que por el mismo tipejo que estábamos intentando pillar. Las personas obsesivas suelen llevarse “premios” tras cometer los asesinatos, y una ristra de dedos de una pianista famosa me parece realmente irónico. El asesino en sí era irónico, la forma en la que mató a Julia. La deportista se quedó sin piernas para correr y sin brazos para levantar pesas. ¿Y el pañuelo? Para ahogarse en su propia sangre, probar su propia medicina, infectarse con su propio veneno. Quizás Julia le había hecho algo malo; aunque, sin lugar a dudas, lo peor que hizo fue ir a esa fiesta.

Seguimos paseando por Buño, intentando calmar los latidos de nuestro corazón. La verdad es que había salido buscando tranquilidad, y me había encontrado con más inquietud. Llamamos a la policía en cuanto comenzó a hacerse de día, la cual llegó pronto para recoger los miembros, que creíamos desaparecidos, de la víctima para que yo pudiese examinarlos en la sala de autopsias más tarde. Cuando terminaron de hacerlo, ya eran las 7 y media, por lo que Heikki y yo optamos por ir a casa de la señora que encontró el cuerpo, para poder hablar con Verónica.

La casa era bastante bonita, de piedra. Tenía unas macetas a cada lado de la puerta, con hortensias plantadas. Parecía construida hacía mucho tiempo, sobre todo por los materiales utilizados, pero el exterior de la casa era soberbio. Golpeamos la puerta, pues no tenía instalado ningún timbre. “¡Xa vai!”. La voz de una señora. Escuchamos entonces unos pasos sordos que se dirigían a la entrada. Abrieron. Efectivamente, era la mujer que había descubierto el cadáver. Tendría aproximadamente 70 años, aunque se conservaba como si tuviese 50. Tenía una larga melena gris, como si fuesen hilos de plata los que coronasen su cabeza. Su piel era pálida y cadavérica, aunque apenas surcada por arrugas. Su cuerpo, aunque envejecido, era esbelto y delgado. Lo que más llamaba la atención de su apariencia, sin embargo, eran sus ojos profundamente verdes.

-¿Desean algo?-preguntó, con un acento gallego bastante marcado, al igual que el mío.

-Somos Heikki Waltari y Sabela Suárez, de la policía.-respondió él.

-Ya he hablado con la policía.-dijo, de malas maneras.

Seguramente estaba cansada de que estuviesen preguntándole una y otra vez sobre el horror que había visto.

-La verdad es que no queríamos hablar con usted, señora.-aclaré.- Queremos ver a su nieta Verónica.

En cuanto le mencioné a la chica, la ira de su rostro se convirtió en una gran preocupación. Abrió la boca, con intención de decirnos alguna excusa para no verla, pero pude argumentar antes:

-Si no nos deja interrogarla, no tendremos más remedio que llevarla a la comisaría, y ninguno de nosotros quiere que pase, ¿no es cierto?

La señora no supo qué decir. Miró hacia los lados, como intentando buscar a su nieta en la niebla. Bajó entonces la cabeza.

-Síganme.

Nos condujo entonces por su largo pasillo, empapelado por una alfombra azul, hacia una habitación con la puerta de madera barnizada. El nombre “Verónica” estaba pintado en un cartel, adornado con mariposas de acuarela. Golpeó un par de veces la puerta sin llegar a obtener respuesta. La abrió sin más dilación.

La habitación era rosa, con las paredes coronadas de posters de películas de dibujos animados. Había una cómoda, en cuyos cajones se encontraría la ropa de la joven, y encima de ella había unas cuantas muñecas de porcelana, prácticamente destrozadas, y una fotografía. Supuse que había vivido en aquella casa desde pequeña. Quizás sus padres habían estado instalados allí. Verónica se encontraba sentada en la cama, acurrucada en una esquina, hecha una bolita, mirando fijamente un póster de “Alicia en el País de las Maravillas”. Sí, ella vivía también en un mundo extraño y paralelo, rodeado de incertidumbre, de rarezas, de elementos fantásticos y de locura. En cuanto percibió nuestra llegada, nos miró asustada y comenzó a gemir.

-Tranquila, cariño, son amigos míos. Vienen a hacerte unas preguntas.

Me acerqué a ella en un impulso, sin pensar en qué podría hacerme. Me senté a su lado.

-¿Cómo estás, Verónica?-pregunté, para intentar ganarme su confianza.

La joven volvió a contemplar el póster.

-Quiero ser como Alicia.-dijo.- Alicia es bonita, es tan guapa…-comenzó entonces a tocarse la cara y a retorcerse las mejillas.- Es tan, tan, tan, tan, tan guapa…-entonces, y sin más previo aviso, se bajó de la cama y se arrastró como si fuese un gusano hacia Heikki, gritando:- Pero yo también lo soy, ¿verdad? ¿Lo soy? ¿¡Lo soy!?- se agarró entonces a su pierna, sin dejar de mirarlo a los ojos.- ¡Tengo que serlo! ¡Si no lo soy, me pisarán! ¡Dime que soy guapa! ¡¡Dime que soy guapa!!

Su última frase sonó con un tono casi amenazante. Heikki estaba completamente amedrentado, lo noté enseguida. La señora, que no se había ido de la habitación, agarró a Verónica por los hombros y la condujo a su cama de nuevo.

-Ya hemos hablado de esto.-le susurró.- Nadie es más guapa que tú.

-Lo sabía.-murmuraba ella.- Lo sabía.

En cuanto se hubo sentado, opté por saltar al tema del asesinato, aún con el riesgo de que me saltase a la cara.

-Mira, sabes que hubo un asesinato aquí al lado. ¿Recuerdas? ¿Viste algo?

-Yo no vi nada, nada, nada, nada.-negó con la cabeza.

-¿Estabas con tu tía en casa aquel día?-preguntó Heikki.

-No… Sí… No…Sí… No sé…Bien.

Yo no presté apenas atención a esta pregunta. Me paré a observar la fotografía de la cómoda, medio escondida entre las muñecas. Me levanté para acercarme e ir a observarla mejor. En ella aparecía Verónica, con un aspecto jovial y saludable, mucho más hermosa que ahora, vestida con un lujoso vestido largo de color rojo. La otra mitad de la foto estaba rota, seguramente arrancada, y lo único que se conservaba de la persona de la foto que la acompañaba era una mano, la cual estaba posada en uno de los hombros de la joven.

-Vero, ¿quién está contigo en esta foto?-pregunté inocentemente.

-Conmigo.-repitió.- Conmigo no hay nadie.

-No pasa nada porque me lo digas. No se lo voy a contar a nadie.

Comenzó entonces a hiperventilar. Vi que tenía las mejillas encarnadas y los ojos inyectados en sangre. Se aferró a aquella afirmación, como si fuese el cabello al que se aferraban entonces sus manos.

-¡Conmigo no hay nadie!-chilló.

La señora fue a socorrerla, pues parecía ahogarse. Giró la cabeza y cerró los ojos, como para no verla.

-¡Váyanse!-nos ordenó la anciana.

Obedecimos. No teníamos nada que hacer allí. Al salir, éramos nosotros los que estábamos sonrojados.

-Recuérdame que no volvamos a interrogar a alguien así, anda.-dijo Heikki.

-No lo hice con mala intención, solo fue curiosidad.

-No es por ti, es por ella. Esta loca.

-No, si eso ya se nota.

Se hizo un momento el silencio, mientras volvimos a echar a caminar.

- Seguramente era la madre quién aparecía, o algo similar.-sentencié.

-Supongo.

Nos encaminamos hacia la moto. Ansiábamos escapar de aquel lugar.

-¿Quieres paras a comer por el camino?-preguntó Heikki.- Hay cerca de aquí un restaurante que es para chuparse los dedos.

-¿El restaurante? ¡Qué dieta tan rara tienes!-dije, riéndome.

-No finjas que no me entendiste.-respondió él irónicamente.

Después de comer, volvimos a Coruña. Un viaje largo, pero bastante gratificante. Adoro viajar en moto, sentir el viento golpear contra mi cara, mis brazos, mi pecho, y hacerme sentir como si estuviese luchando con él. Quizás disfruté tanto este viaje porque sabía lo que me encontraría al llegar a mi destino.

Dejé a Heikki en la comisaría y me encaminé al hospital. Todavía eran las 5 de la tarde, aún así, no iría a trabajar. Seguramente no. Ya había tenido demasiadas emociones. Aunque tenía que pasarme a examinar las extremidades de la víctima, pero lo haría más tarde. Lo único que deseaba era quitarme el asunto de Olvido de encima. Poder verla al fin, estar con ella y olvidarme de la muerte de Amy. Olvidarme de los asesinatos, de Julia, de su hermano, de todo, aunque fuese durante un solo instante; en el que pudiese sentirla, moribunda, débil y falta de cariño, en mis brazos. Aparqué la moto en la entrada. No tenía demasiadas ganas de caminar. Andar hacía que mis pensamientos pastasen libremente por mi mente y me atormentasen.

-¿Cuál es la habitación de Olvido Costa-Cargill?-le pregunté a la enfermera que se encontraba en la recepción. La verdad es que me lo sabía, pero en aquel momento no lo recordaba.

-Es la 358.-me miró de arriba abajo, mascando con ahínco un chicle, y añadió:- ¿Tú eres la chica de la fundación, por casualidad?

-Sí, por casualidad.

-Ah…

Seguramente en su cerrada y limitada mente no cabía la posibilidad de que una mujer gótica pudiese estar haciendo una buena obra, sólo por el mero hecho de gustarle lo que le gustaba y de ser lo que era. Me dirigí entonces a donde me había indicado. Me movía en aquel hospital como si fuese la palma de mi mano. Entré.

Asomé un poco la cabeza por la puerta y me mantuve quieta. Olvido estaba acostada en la cama, mirando hacia la ventana. ¿En qué estaría pensando? ¿Qué se le pasaba por la cabeza al mirar la hierba, los coches pasar, los árboles? Su mirada estaba orientada hacia el cielo. Su expresión mostraba mucha seriedad. Quizás la inmensidad del firmamento le recordaba a su madre, quien fue un ángel en vida y sería un ángel en la muerte. Su cabecita, en otro tiempo coronada por una hermosa melena rubia, se encontraba desprotegida ante el frío del invierno, y sus ojos, grises como un cielo repleto de nubes, me recordaban a los de Amy. Opté por acercarme a ella, ya que no había percibido mi presencia. En cuanto lo hizo, me miró con curiosidad.

-Hola, Olvido.-le dije, encorvando ligeramente la espalda para poder mirarla a los ojos.

-¿Quién eres?

-Voy a ser tu compañera de juegos.

Sonreí. Ella también me sonrió. Su inocente dulzura infantil me calentó el corazón. Volvió a mirar hacia la ventana.

-¿Qué miras?

-Las nubes. Tienen formas raras.

Observé yo también aquellos pequeños fragmentos de algodón ficticio.

-¡Mira!-gritó Olvido, señalando con el dedo.- ¡Ahí hay una princesa y un príncipe!

Era cierto. En el cielo flotaban dos figuras antropomorfas. Una parecía realmente una mujer, con un vestido blanco largo y vaporoso, como si perteneciese a la época victoriana. El otro, que semejaba un hombre, era como un auténtico galán de película. Ambos se acercaban lentamente uno al otro, como si fuesen a estrellarse. Primero, su cara, y luego sus cuerpos, se fundían y se convertían en una sola nube, que comenzó a surcar el cielo.

-Se han casado.-dijo ella.

-Pues sí, e irán a vivir a su castillo de nubes.

-¡Mira allí, un barco!-señaló entonces a otro cúmulo que hacía exactamente aquella forma.

-Ya comprendo. Eso es que el príncipe y la princesa se fueron a un crucero por su luna de miel.

Olvido se rió, y esa risa resonaba en mi cabeza como si fuese una amorosa caricia.

-¿Y esa ovejita?-ahora unas nubes cercanas lo parecían.

-Ah, ¿eso? Verás, es que a la princesa le gustan mucho las ovejitas, y por eso el príncipe, por cumplirle el caprichito más que nada, se la compró, como regalo de bodas.

-¿Y la tienen en el castillo?-preguntó, riéndose a carcajadas.

-¡Claro! Y le tienen una cestita donde duerme en la habitación. Aunque lo malo de la ovejita es que no deja de comerles el tapizado de los sofás, pensando que es hierva.

Olvido se moría de risa. Pensé que no me la encontraría así. Aunque su rostro cambió radicalmente, y volvió a tornarse serio, cuando me dijo:

-Hace mucho tiempo que no me cuentan cuentos.

-¿Tu mamá no te los contaba? ¿Ni tu papá?

Lo negó con la cabeza.

-Papá siempre está ocupado y nunca me hace caso.-bajó la mirada.- Mamá me cantaba. Cantaba muy bien. Por mi cumpleaños me regalaron un MP3 y tengo en él todas sus canciones. Cuando las enfermeras no me ven, las pongo. Es como si volviese a estar aquí.-susurró.

Comenzó ella entonces a entonar una canción con un tremendo virtuosismo en la voz. Sonaba cristalina, clara, melancólica, triste. Reconocí al instante aquella canción. Era “Sweet Breath”.

You’re blood of my blood.
You’re bones of my bones.
You’re life of my life.
My child, I want to hear
Your sweet, sweet breath.
‘Cause I’ll be always by your side.

Me quedé impresionada, nunca, salvo a Amy, había oído cantar a nadie de aquella manera. Y eso que muchos fans versionaban sus canciones en youtube, pero su actuación había sido sencillamente sublime. Olvido se echó a llorar. La abracé.

-No llores, mi vida.

-Quiero ver a mamá.-sollozaba.- Quiero ver a mamá.

-Ella siempre estará contigo, Olvido. ¿No lo has oído en la canción? Nunca te va a abandonar.

Seguramente su padre la había engatusado con cosas como “mamá está en el Cielo”, y no era plan de no seguirle la corriente. Yo, la verdad es que no comparto la visión dualista del ser humano ni, desde luego, la concepción de Cielo e Infierno; pero es cierto que Amy estaba allí. Su presencia era claramente perceptible. Desde que había comenzado aquella investigación me parecía tenerla siempre a mi lado, rogándome ayuda. ¿Ayuda? ¿En qué podía ayudarla? La niña siguió abrazada a mí, apoyada en mi pecho, agarrándome, con toda la fuerza que sus frágiles dedos podían alcanzar, la chaqueta.

-Era de noche aquel día.-comenzó a relatarme, con voz temblorosa.- Tuve una pesadilla muy fea. Tenía mucho miedo, y quise ir a la cama de papá y mamá. Estaba oscuro. Intenté llegar tocando las paredes y procurando guiarme por mis ojos. Pronto me vi allí, enfrente de la cama. Dormían. Papá roncaba. Me acerqué a mamá. La miré. Tenía los ojos cerrados, la boca cerrada. La moví por un brazo. Le dije “mamá”, pero no me dijo nada. Volví a decirle “mamá”, pero no me dijo nada. Comencé a gritar, la moví de un lado a otro, pero siguió sin decir nada. Ni siquiera le escuchaba respirar. Papá se despertó y me riñó. Yo le dije que mamá no estaba bien, que no me hacía caso. Papá también la movió, la cogió en brazos, le gritaba “Amy, Amy”. Pero ella no decía nada, no abría los ojos, no se movía, estaba muy quieta. Papá me mandó a la habitación gritando, pero yo no quería irme. Yo quería a mi mamá. Y mamá… Y…

La abracé con más fuerza todavía. Comprendí que necesitaba desahogarse, después de dos largos años. Debió ser un tremendo shock encontrar a su madre muerta en la cama. Temblaba en mis dedos, como si estuviese volviendo a revivir aquella escena. La besé en la frente. Quería que sintiese que no estaba sola.

-No llores, Olvido, no dejaré que te pase algo así otra vez nunca más. Te lo prometo.

Largo tiempo la tuve entre mis brazos, intentando devolverle el calor y la felicidad que había perdido, sustituyendo a Amy en su labor. Ella no se movía; necesitaba saber que yo sí estaba viva, que aunque cerrase mis ojos encharcados de lágrimas álgidas, todavía seguía latiendo mi corazón. Una enfermera vino a comunicarnos que ya no podía estar más allí. Olvido no pudo contener su llanto.

-No te vayas.-dijo.

-Volveré mañana a la misma hora. De verdad.

Me vi obligada a dejarla sola. Sola y triste de nuevo. Recordando a su pobre madre, rememorando el recuerdo más horrible que residía en su mente, aquel que la había hecho dejar de ser una niña. Crucé la puerta hacia el pasillo, y aquellos ojos grises que sufrían tanto se clavaron en lo más hondo de mí.

Llegué a casa y me encerré en el salón, donde tenía mi portátil afincado en una mesa de café. Lo encendí y conecté internet a través de un modem USB. Sentí la necesidad, al igual que la pequeña, de escuchar la voz de Amy. Entré en youtube. Mis dedos temblaban cuando tecleé “Amy Cargill” en el cuadro de búsqueda. “Sweet Breath” en acústico era como un bálsamo que paliaba mi dolor interno. Aquel piano parecía acariciar mi piel, con ternura, cuidadosamente, con el fin de no hacerme daño, y de que mis ojos sólo brotasen lágrimas dulces. Para mi sorpresa, en el rincón de vídeos relacionados había una especie de vídeo casero en cuya miniatura aparecía Amy con un bebé en brazos. Me estremecí. Lo puse. Miré la descripción mientras de cargaba:

Amy Cargill home video Sweet Breath w/ subtitles in English.


Description: There’s a vid of Amy singing S.B. to her daughter Olvido, recorded by Tobias. It’s so sweet U.u. I hope you all enjoy it.

¿Si Tobías lo había grabado, cómo había llegado a youtube? Supuse que quizás algún fan o familiar de alguno de los cónyuges lo había conseguido. Observé algunos de los comentarios, al ver que todavía no estaba del todo listo. No recuerdo el nombre de los usuarios que los habían escrito, pero sí su contenido.

“awwww, lovely!! But it’s made me cry. We don’t forget you, Amy”

“She was the kindest woman I’ve ever seen. Rest in Peace.”

“When she coughed, I felt my heart leaped. I can’t believe she’s not with us…”

“Amy was a huge inspiration to me. I miss her so much, but I hope she’s now in Heaven”

Y cosas por el estilo. Había muchísimos comentarios en aquel vídeo, 10.996 exactamente. Además de 25.860.496 reproducciones. ¿Quién habría podido matar a una persona así? Fue lo primero que se me pasó por la cabeza, a pesar de no saber si realmente había sido asesinada. De repente, comenzó a reproducirse el video.

La cámara se acercaba sigilosamente hacia una hermosa Amy, de cabello negro, largo. Su piel, estropeada por la mala calidad de la cinta, era blanca como la de un vampiro. En sus brazos sostenía a una niña, una niña sonriente que escuchaba, maravillada, la voz de su madre, buscando el calor que desprendía su cuerpo.

-Amy.-era la voz de un hombre.

Ella se asustó y miró hacia la cámara moviendo bruscamente la cámara. Al ver quién era, suspiró, cerrando suavemente los ojos.

-Me has asustado, Tobías.-giró la cabeza con delicadeza. Miró a la niña. Sonrió, y su sonrisa era como una fila de perlitas que desprendían un brillo nacarado.- Díselo, Olvido. “Papá, no asustes a mamá”.-Puso una voz extraña. La niña comenzó a reír.

-Canta algo, anda.

-No, Tob, no he calentado la garganta.

Se llevó una mano a la zona. A aquella delicada zona. Él insistió.

-Venga, por una canción de nada no te vas a morir.

Amy suspiró.

-En fin, como quieras.

Volvió la vista hacia su pequeña hija, a la cuál sostenía con muchísimo cariño en los brazos. Ella le retuvo la mirada, como si estuviese buscando algo dentro de los ojos de su madre.

-Vamos a cantar nuestra canción, ¿vale Olvido?

Sonrió. Comenzó entonces a entonarla suavemente.

-You are blood of my…

-¡Blood!-gritó la niña. Se oyó la risa de Tobías al otro lado de la cámara.

-You are bones of my…

-¡Bones!

-You are…

-Life of… of my life.

-¡La tienes adiestrada, Amy!

-Anda, calla.

Carraspeó un poco la garganta.

-‘Cause, my child, I want to hear your sweet… Sweet…

-“Sit” Breath.

-¡Muy bien!- sus padres le aplaudieron. Olvido sonrió feliz.

De repente, Amy comenzó a toser. Era una tos profunda, producto, sin duda, de sus problemas de garganta. Se llevó una mano a la boca. Su niña la miraba en sus brazos con curiosidad.

-Tobías, déjalo, me duele la garganta.-la tos había cesado, aunque su voz sonaba quebrada.

-Está bien.

La movió un poco, enfocando hacia la pared, intentando apagarla. Antes de cortarse el vídeo, pudo llegar a escucharse la voz, de nuevo, de la pequeña Olvido:

-Adió.

Después, sólo había barras gruesas de colores, que emanaban un chirrido enervante, durante el resto del vídeo.

Y pensar que aquella niña regordeta de mejillas rosaditas ya no podría volver a ver a su madre, volver a escucharla hablar, cantar, respirar. Y pensar que aquel marido al que ni siquiera se le veía la cara no volvería a captar nunca más la imagen de su bella y frágil mujer. Sus ojos grises, su piel pálida, su pelo negro como la más absoluta oscuridad nunca más volverían a ver la claridad del día. Era una realidad tan cruel. Quise evadirme, darme un respiro, no volver a pensar en Amy. Y sabía cuál era el lugar indicado.

Capitulo III [Narrado por Heikki]

sábado, 30 de enero de 2010

Me levanté a las 11:00 de la mañana, tenía la mañana libre, asique decidí ir a la piscina municipal a nadar, el único deporte que practicaba y que disfrutaba haciéndolo, había sido campeón varias veces en estilo mariposa y braza cuando era niño y nunca había parado de entrenar. Desayuné, me puse un chándal y salí a despejar mi cabeza y a intentar relajarme, el día anterior había tenido demasiadas sorpresas como para asimilarlas todas de una vez. Cuando llegué no había casi nadie, todo estaba tranquilo, entré en el vestuario en el que había dos ancianos de una edad no muy avanzada que debían de venir a algún curso para la tercera edad, parecía que estaban discutiendo sobre algo pero no hice caso y me comencé a cambiar.

Al acabar, me dirigí a la ducha al otro lado se podía oír a los viejecitos y escuchaba perfectamente lo que estaban hablando:

-¡A dónde vamos ir a parar!- soltó uno de ellos que llevaba unas bermudas rojas-la gente ahora está loca, en nuestros tiempos no pasaban estas cosas.

-Y que lo digas-respondió el otro lucía un slip como si tuviera dieciséis años mientras me dirigía una mirada inquisitiva-los jóvenes de hoy en día ya no tiene respeto por nada, han perdido muchos valores, ni siquiera van a misa.

-Lo que me pregunto es porqué un crimen así solo salió en el periódico y no en el telediario.

-Pues no sé, la verdad es que es demasiado extraño- respondió el segundo haciéndose el detective- Dicen que en Buño ha causado mucha expectación y que el ayuntamiento ha tenido que dejarlo en manos de la diputación.

¡¿Buño?! ¡No podía ser! Como había llegado esa información a un periódico si los únicos informados del suceso eran la familia, la policía y algunos vecinos de Buño que habían prometido no decir nada para respetar la voluntad de la familia. Quizás alguno se había ido de la lengua y le estaba filtrando información a la prensa.

-Está todo bajo secreto de sumario hasta que la policía resuelva el caso-comentó el primero-Que pena… una chica tan joven, en la flor de la vida, asesinada de esa manera.

-Primero al asfixiaron con un pañuelo por la garganta y luego la descuartizaron con al parecer una moto sierra…

Dejé a aquellos hombres charlando sobre la información del caso que supuestamente solo conocía la policía y me dirigí al agua para deshacerme por un momento de aquel caso que parecía perseguirme por todos los sitios.

Salté con ímpetu desde el trampolín mientras bajaba a gran velocidad sentía como mi alma se liberaba de mi cuerpo y se hundía en el agua creando un nuevo vínculo y reforzando el antiguo, era como un soplo de aire fresco en medio del desierto, sentía un relax y un placer al mismo tiempo que me puso la piel de gallina, comencé a mover los brazos y las piernas al unísono mientras ponía la mente en blanco. Hice unos 3.000 metros luego entré en el baño turco donde casi me quedo dormido. Salí de allí medio mareado de tanto tragar vapor de agua, pasé de nuevo al lado de la piscina en dirección, mientras caminaba miraba la gente que nadaba de un lado al otro de la piscina, estaba distraído cuando de repente choqué con alguien acto seguido resbalé y caí de cabeza al agua.

Salí rápidamente a la superficie para ver quién había sido el artífice de mi caída y me encontré la mano de una mujer ofreciéndome ayuda:

-¿Te encuentras bien?-preguntó una voz.

Yo alcé la vista y le mire al rostro a la muchacha, era una de las monitoras, tenía el pelo largo y negro, era guapísima y en su cara sobresalían unos llamativos ojos azules, sus labios encarnados completaban aquella celestial figura con una sonrisa; sus senos grandes y enhiestos se marcaban con el bañador.

-S…si-titubeé

-Tienes que perdonarme, no estaba mirando hacia delante.

-No, perdóname tú también yo tampoco iba atento. Me llamo Heikki, encantado de conocerte.

-Yo soy Aldara, encantada.-dijo mientras me tendía la mano, una mano delicada y blanca pero al mismo tiempo firme y segura.

Yo se la estreché y creo que me puse colorado, pero intenté disimularlo diciendo:

-Que calor hace aquí…

-¿De verdad tienes calor? Estamos a 18 grados… -Dicho esto se echó a reír.

Yo la imité.

-Bueno tengo que irme el deber me reclama, hasta otra.

-Yo también, hasta pronto.

Tan pronto dije eso di media vuelta, rojo como un tomate, y me volví a los vestuarios.

Al salir de la piscina me fui a la comisaría, allí pregunté a un policía por Sabela que me informó de que aun no había venido, asique decidí ir a esperarla a su despacho.
Las paredes rojas estaban cubiertas de posters de grupos de metal y rock, me fijé en uno en el que aparecía un ovni y ponía “Quiero creer” y que recordaba a Expedientes X, supuse que sería por eso. Me apoyé en su mesa a esperar mientras ojeaba algunos de los dibujos hechos ,seguramente, por Sabela. Unos 10 minutos después entró ella con cara de ajetreada.
,
-¿Qué haces en mi despacho?-preguntó

-Esperando por la señorita a la que le dio por llegar tarde al trabajo. ¿Dónde estabas?-dije mientras bajaba de la mesa.

-Estaba atendiendo a unos asuntos personales.

-¿Asuntos personales?-pregunté Heikki, con curiosidad.

-No es de tu incumbencia, así que cierra el pico.

-Aún por encima de que tardas.-mientras decía esto, me volví a sentar en su mesa.

Con una de mis manos palpé algo redondo similar a una pelota pero muy dura. La miré, para descubrir qué estaba tocando, y vi una calavera humana, del susto le di un golpe con la mano, tirándola al suelo. En el instante antes de que chocara contra el suelo, Sabela logró cogerla ágilmente.
-¿Eres idiota? ¡Casi la rompes!-gritó

-Una…una calavera…-tartamudeé.

-¡Es de cerámica! ¿Tú crees que guardaría mis bolis en un cráneo humano de verdad?

Callé durante un momento esperando a que se le pasara el enfado pero al poco tiempo comencé ha hablar de nuevo:
-¿Tienes la autopsia de Julia?

-Sí, la tengo.-me confirmó
Abrió un cajón de, en el que había una pegatina de un gatito. Comenzó a rebuscar.

-Aquí está.-clamó

-¡A ver, a ver!-dije impaciente.

-Tampoco te pongas así, hombre, que solo es un informe.

-Es que nunca había visto el de una autopsia.-comencé a ojearlo entonces, curioso. Aunque había palabras de médicos que no entendía pude comprender el informe:

“…La hora de la muerte fue entre las 7 y las 9 de la tarde de ayer, según revela la temperatura de su hígado. Los brazos y las piernas le fueron arrancados brutalmente, probablemente con una sierra eléctrica…”

-¿Descubriste algo sobre el gimnasio?-preguntó Sabela.

-Eh…sí, sí. Estaba apuntada en uno que está en las afueras, “Strong Bodies” se llama.

-Entonces vamos. Te llevo yo… Porque tendrás un casco, ¿no?

-Un… ¿casco?

-No querrás ir a pie, supongo.
Luego me llevó a una tienda de motos. Allí compramos el casco, el que primero me llamó la atención fue uno que tenía un Basset Hound retratado.
-¡Se parece a Cuca!-exclamé.

-¿Cuca?

-Mi perra; una basset hound. Es tan mona.

-Es que yo soy más de gatos, gracias.-dijo, riéndose-¿Quieres ese? Venga, te lo regalo.

-R… ¿Regalo? No tienes por qué, de verdad.-dije sorprendido, era la primera vez desde que era mayor de edad que alguien me regalaba algo.

-No me digas lo que tengo que hacer, anda.

Desconcertado y por no llevarle la contraria a la iracunda Sabela dejé que me regalara aquel bonito casco.

-Cada vez que vengas en mi moto, lo llevas, que no te pienso comprar otro.

-Gracias, de verdad. Si pudiese darte algo a cambio…

-Con tal de que no vuelvas a entrar en mi despacho, me doy por satisfecha.-respondió

-¡Hecho!-dije sonriente.

Salimos entonces de la tienda y volvimos al exterior de la comisaría, donde Sabela tenía aparcada su moto. Lo que no sabía ella era que le tenía pánico a las motos.

-Sube.-me ordenó a la vez que se montaba en ella.

-Es que no me gustan las motos.

-¡Venga! Acabo de regalarte un casco. Pudiste habérmelo dicho antes.-dijo indignada.
Como no me quedaba otra suspiré y me monté de mala gana.
-Iré despacio, verás cómo no es nada.

Dicho esto, arrancó. Llegamos un poco más tarde de lo previsto, pero por lo menos Sabela no había ido demasiado rápido. El gimnasio parecía bastante pequeño visto desde fuera, y encima de la puerta tenía un cartel luminoso en el que figuraba el nombre.
¡Por fin hemos llegado¡-exclamé

-Parece un puticlub.-comentó Sabela.

Entramos sin más preámbulos. Montones de tíos cachas y mujeres forzudas se dejaban el alma ejecutando sus duros ejercicios y un desagradable olor a sudor cargaba el ambiente ; también había un grupito de personas gorditas, en las cintas de correr y en las bicicletas, intentando bajar de peso. Y se veía a un grupo de mujeres, ya entradas en carnes, sentadas en estirillas haciendo yoga y ejercicios de relajación.

-¿Y ahora cómo sabemos quién es el hermano de la víctima?-pregunté.

-Fácil.-dicho esto, Sabela cogió aire y comenzó a gritar:- ¿Alguno de ustedes es el hermano de Julia Figueroa? Julia Figueroa, ¿alguien la conoce?

Sorprendido por aquel ridículo comencé a ponerme colorado por la vergüenza. De repente, un hombre, en muy buena forma, rubio con los ojos verdes, se acercó a nosotros.

-Soy yo.-dijo.- Samuel Figueroa Martínez.

-Somos Sabela Suárez y Heikki Waltari,- respondió Sabela.- de la policía. Queremos hacerle unas preguntas acerca del asesinato de su hermana.

-¿Saben algo ya de ese bastardo? ¡Juro que como lo pille…!

Sin llegar a terminar la frase, le propinó un puñetazo fortísimo a una columna del gimnasio, haciéndola retumbar en el acto. Todos los que nos encontrábamos allí, nos quedamos perplejos.

-Esta visita comienza a ser bastante surrealista.-le susurré a Sabela.

-Y que lo digas.-respondió.

La cara de Samuel enrojecía, y estaba a punto de volver a golpear la columna, pero Sabela lo interrumpió intentando tranquilizarle:

-Lo pillaremos nosotros, no se preocupe. Ahora, nos gustaría que nos respondiese a unas preguntas.

-De acuerdo.

Parecía que se había calmado algo.

-¿Qué relación guardaban usted y su hermana?-comenzó Sabela el interrogatorio.

-Nos llevábamos muy bien. Veníamos todos los días al gimnasio juntos. Yo le ayudaba a estirar los tríceps, sus delicados pero definidos tríceps, y ella me ayudaba con los deltoides. Todavía añoro esos momentos.

Estaba bastante obsesionado con sus músculos, hasta el punto de ser desesperante.

-¿Había alguien que quisiera hacerle daño?-pregunté.

-En absoluto. Ella era una pianista muy respetada. Obtuvo un Grammy y todo. La adorábamos. En sus actuaciones, todos aplaudían, y yo lo hacía tan fuerte que mis bíceps temblaban. Hasta era amiga de la mismísima Amy Cargill, que en paz descanse.

-¿Amy Cargill? ¿Quién es esa?-dije.

-¡Mira que no saber quién es Amy Cargill!-bramó Samuel.- ¡Ignorante! Era una pianista excepcional, la mejor de todos los tiempos. Murió hace dos años, aquejada de una enfermedad muy grave. Mi hermana era una gran fan, además de una de sus mejores amigas. Yo también era fan suyo. Esa mujer hacía mover un músculo muy especial de mi cuerpo.

-¿El corazón?-pregunté sin pensar en que el hombre era salido.

-No precisamente.-contestó Sabela.

Acabé comprendiendo las fantasías de aquel individuo e hice una mueca de asco.

-¿Tenía pareja estable?-preguntó mi compañera.

-No, no la tenía. Estaba perdidamente enamorada de su cuerpo y su piano; no necesitaba a nadie más.

-¿Qué hizo usted anteayer a las 7 de la tarde?-proseguí.

-¿¡Creen que yo la maté!?-Samuel comenzaba a alterarse de nuevo.-¡¡No podría hacer algo semejante!!

-Son preguntas rutinarias, señor Figueroa. No le estamos culpando de nada.-dije calmadamente.

-Todos los días a las 7 de la tarde me dispongo a hacer abdominales durante media hora, y flexiones la otra media. No me moví del gimnasio hasta las 10, como siempre.

-¿Le dice algo la mansión de las Castro, en Buño?-interrogó Sabela.

-¿Buño? ¿Qué es eso?

Se notaba que aquel hombre no ejercitaba mucho su cerebro a diferencia de sus otros músculos.

-Déjelo entonces.-dijo Sabela dándose por vencía

-¿Y qué me dice de la frase “Abyssus abyssum invocat”?-pregunté.

Samuel levantó la vista, como si hubiera revivido algo.

-Me suena.-contestó.

Siguió pensando, y este acto le llevó a comenzar a tararear una canción entre dientes, vagamente. Sabela yo nos miramos, diciéndonos uno al otro con los ojos: “Este tío quiere tomarnos el pelo”. Cerró los ojos como si tuviera migrañas y se llevó una mano a la cabeza como si estuviera buscando en su memoria.

-No recuerdo… de qué… pero me suena.

-Antes de irnos, señor Figueroa, me gustaría hacerle una última pregunta.-dijo Sabela.- ¿Su hermana había ido a algún tipo de cena el día en que fue asesinada?

-Sí, sí que fue. Acababa de sacar su nuevo disco “Diamonds”, y su equipo y ella decidieron hacer una fiesta, por los éxitos futuros. No asistí, pues esas cosas engordan, ya sabe, pero parece ser que había de todo: empanadas de todas las clases, tortillas, churrasco… En fin, un paraíso de calorías.

-Gracias por su colaboración. Si recuerda algo más no dude en llamarnos-concluyó cortésmente.

Acto seguido, salimos del gimnasio, un poco aturdidos.

-¡Vaya espécimen!-exclamé.- Pensé que personas así sólo existían en los dibujos animados.

-Dudo que fuese él.-afirmó Sabela, con tono seguro.

-¿Por? Recuerda que no se debe excluir a nadie sin estar tremendamente seguros.

-¡Oh, vamos! ¿Es que no lo has visto? Se preocupa más de sus músculos que de su hermana, contando que ni sabe dónde está Buño.

-Podría estarnos mintiendo.

-El asesino al que no enfrentamos es tremendamente meticuloso, Heikki. Meticuloso y sádico. Una persona de ese calibre no es tan transparente. Aunque tienes razón, será mejor no precipitarse.

Nos volvimos a la comisaría de nuevo en su moto, allí me dejo Sabela y luego se marchó. Entré en la comisaría y para recoger los archivos del caso, de camino a mi despacho me encontré con Elena que se disponía ha marchar.

-¿Donde te has metido hoy chiquillo? No se te ha visto el pelo en todo el día.

-Es que tenía la mañana libre y tuve que hacer un interrogatorio durante toda la tarde.

-Ha pues ha venido una chica muy guapa preguntando por ti. Estas hecho todo un rompecorazones ¿eh?- dijo mientras me guiñaba un ojo.

-¿Una chica? ¿Y que quería?- pregunté intrigado.

-Pues que te habías dejado olvidada la cartera en la piscina. ¡Eres un desastre! Aquí tienes anda.

Dicho esto me despedí y cogí la cartera. Seguramente había sido la chica con la que había chocado, que atenta había sido al molestarse en traerme la cartera. Seguí andando hasta el despacho cogí mi maletín y el diario que habíamos encontrado y decidí parar en una pizzería cercana para cenar, luego cansado me dirigí a mi piso subí le heche de comer a Cuca que me esperaba hambrienta, me duché y me tumbé en la cama mientras sonaba la canción de “Vivi nell aria” de Gabry Ponte. Así me quede enfrascado en mis sueños.

Capítulo II [narrado por Heikki]

domingo, 3 de enero de 2010

Cuando llegué a la comisaría aquella tarde lluviosa, Elena esperaba ansiosa para que le contara como me había ido:

-¡Heikki!-empezó gritando-¡Por fin as llegado! ¿Cuenta, cuenta que tal ha ido todo?

-Un asesinato horrible, no he sido capaz de aguantar las nauseas, a la pobre mujer la desmembraron, al parecer con una sierra eléctrica-dije mientras un escalofrío recorría mi cuerpo.

-Verdaderamente horrible…No sé quién ha podido haber hecho algo así.

-Ni yo. Y cambiando de tema, ¿tú sabías que tenía una nueva compañera?

-¡Pues claro! Era lo que estaba intentando decirte cuando me colgaste el teléfono. Pero bueno… ¿Qué tal con Sabela? ¿No es así?-dijo con sonrisa burlona.

-Muy maja. La verdad es que me cayó muy bien, una mujer con carácter diría yo…

-Veo que habéis congeniado, me alegro por ti, haber cuanto duras en sus garras- dijo entre carcajadas mientras alejaba poco a poco- Me voy, aun tengo que redactar un informe para el jefe.

-Muy graciosa-ironicé-Hasta luego.

Dicho esto me encerré en mi nuevo despacho, encendí el viejo reproductor de música que tenía, comenzó a sonar el himno de Escocia, mi preferido, que era más que eso, era la voz de la libertad, encabezada por el sonido de las gaitas, aquella que me había sido robada en otro tiempo y de la que ahora no quedaban más que vagos recuerdos. Intentaba no pensar en ello, en no recordar… Pero al final, quieras o no tu pasado acaba volviendo a ti de una forma u otra.

Fui al archivador, cogí el expediente de la chica asesinada y comencé a leerlo con el fin de distraerme.

Nombre y apellidos: Julia Figueroa Martínez

Edad: 24 años

Fecha y lugar de nacimiento: 15-11-1985, Santiago de Compostela

Progenitores: Roberto Figueroa Delgado y Amanda Martínez Delfino

Hermano/a os/as: Samuel Figueroa Martínez

Estado civil: Soltera.

Hijo/a os/as: -

Carrera laboral: Licenciada en artes musicales por el Conservatorio Profesional de Música de Santiago de Compostela especializada en Piano. Ha destacado en la composición de música clásica al ganar un Grammy a la Mejor composición de Música de Cámara con el dueto para piano, lo más extraño que no aparecía el nombre por ningún lado.

Asique era pianista profesional-reflexioné mientras proseguía con mi lectura.

Nunca había tenido problemas con la ley, no consumía estupefacientes, sin problemas económicos. Es decir, una mujer perfecta, con una vida casi perfecta había sido asesinada y nosotros sin encontrar razón aparente, no teníamos un móvil y así no podríamos encontrar un perfil concreto que nos indicase quién podría ser el asesino.

Miré el reloj, eran las 6 de la tarde asique decidí ir a ver a Sabela a la sala de autopsias.

Bajé las escaleras que conducían a aquella sala que parecía una funeraria en la planta baja, abrí la puerta y vi a Sabela que estaba dándome la espalda examinando lo que parecían unos pulmones, comencé a llamarla:

-¡Sabela, Sabela! ¿Me oyes?

Como no respondía me acerqué a ella y le toqué en la espalda, acto seguido me respondió dándome una bofetada.

¡Ah!-grité-¿Pero qué coño te pasa? ¡Te estoy llamando y no me haces ni puto caso, y además, me pegas!

-Lo siento, ¿vale? Estaba con la música. Me asustaste.-respondió- Ten más cuidado la próxima vez.

-Venía a traerte unas pistas buenísimas.-le dije

-Sigue investigando y me las dices a la salida. Vamos a tomar un café y te enseño también lo que descubrí yo. ¿Te parece bien?

-Vale, vale.-respondí mientras abría la puerta.

Subí de nuevo al despacho y me senté a descansar un rato mientras escuchaba el Canon de Pachelbel en Re Mayor. Necesitaba un respiro.

Poco después se abrió la puerta de sopetón, era Elena.

-¡Podrías llamar antes! ¿No?- le grité por haber interrumpido mi siestecita.

-Es importante, acabo de encontrar esto en recepción-dijo mientras me tendía un paquete marrón- pone que es para ti.

-¿Para mí? ¿De quién?-pregunté

-No sé, no tiene remitente y nadie ha visto quién lo ha dejado.

-Que extraño… Esto no lo ha podido traer un mensajero, pues necesitarían que le firmasen la confirmación de que se ha recibido el paquete.

-Ahora que lo dices, tienes razón. Bueno ya me dirás que es, te dejo.

-Vale.

Dicho esto se marchó y yo empecé a examinar el paquete. Tenía escrito mi nombre con rotulador negro en el envoltorio: “Para Heikki Waltari” .Empecé rompiendo el papel que lo cubría intrigado por su contenido, luego abrí la caja y quedé perplejo al ver su contenido. Era un CD sin nombre, ni título de canción, ni nada por el estilo. También había una carta. La cogí y la abrí. Saqué el papel que contenía, comencé a leerla:

“Hola Heikki,

Si has recibido esta carta quizás estés un poco desconcertado, pero no te preocupes, no es nada malo sino todo lo contrario. El destino ha querido que no encontremos de nuevo y yo siempre he hecho todo lo posible para que así fuese. Necesito hablar contigo, volver ha verte y decirte que nunca me he olvidado de ti. Quedamos a las 10:30 en la plaza de María Pita; espero que vayas.

PD: Escucha el CD, te ayudará a comprender.

Anónimo”

¿Pero quién me había podido enviar aquella carta? Fuera quién fuese tenía razón, la carta me había dejado totalmente descolocado no sabía que hacer, asique opté por hacer lo que me decía y metí el CD en el reproductor. La música comenzó a sonar, parecía heavy metal y la voz cantante era la de una mujer, sonaba maravillosamente bien, era la voz mas fascinante que había escuchado nunca, acompañado por un solo de guitarra que sobresalía por su ejecución perfecta acompañando a la voz cantante.

“I hope you will come back

I can’t said you Good bye”

Aquella canción melancólica y triste había logrado llevarme a los recuerdos de mi infancia, los juegos con mi hermano, las caricias de mi madre, los cuentos de mi padre. Todos se esvanecían con el tiempo, pues no eran más que eso… Recuerdos…Ciertamente, como decía la canción, había llorado mucho, pues mi vida había estado llena de despedidas y de adioses; desgraciadamente, todos sin reencuentro.

En ese momento sonó el móvil, Sabela me había dado un toque, ¡se me había olvidado! Había quedado con ella en el bar de enfrente de la comisaría. Salí corriendo y gracias a Dios, aún estaba entrando cuando llegué.

Ella pidió un bloody mary, yo, un vodka negro con nestea.

-A ver, ¿que era eso tan importante que tenías que decirme?-preguntó intrigada

-Cuando estábamos en la casa donde hallamos el cadáver, mientras tu lo examinabas, encontré esto-dije mientras sacaba el diario que encontrara en la mansión-se titula “Abyssus abyssum invocat” y al parecer es un diario, puede que esté relacionado con el caso.

-¿Que pone?

-No lo sé, aún no lo he leído.

-Pues a que esperas- dijo

Le leí uno de los párrafos: “Recibirán su merecido, lo que han hecho les costará caro, mi plan no fallará, lo aseguré todo. Nadie recordará a “Abyssus abyssum invocat”, las sombras y el olvido caerán sobre “Abysuss abyssum invocat” Nada volverá ha ser como antes, ahora me toca disfrutar a mí. ¡JAJAJA!”

-¡Dios mío!-exclamé- Que mal suena esto.

-Suena ha conducta obsesiva –precisó Sabela- repite mucho, por lo que veo, esa frasecita en latín.

-Tienes razón, quizás simbolice algo. Esto es todo.

-Puede ser…

Luego ella me relató lo que había descubierto en la autopsia del cadáver, al parecer la víctima había muerto asfixiada por un pañuelo de tela con un piano bordado, introducido por el asesino para hacerla callar. Al acabar, se levantó de la mesa. Eran las 10 menos cuatro.

-¿A dónde vas?-pregunté.

-A hacer unas cosas. Nos vemos mañana a primera hora para
seguir investigando.

-Creo que no voy a poder ni dormir esta noche.

-Ni yo- respondió y salió apresuradamente del bar.

Yo también me marché, me quedaba algo pendiente que hacer. Asique me dirigí hasta mi piso corriendo, pues llovía a cántaros, allí me recibió Cuca dándome lametones para que la sacara a pasear, hoy no había podido. Antes de salir, guardé la pistola en un cajón bajo llave y tomé un paraguas, ante mirada triste de mi perrita.

Caminaba despacio, no tenía demasiada prisa por llegar, aunque me daban ganas de dar la vuelta; la curiosidad que me poseía era mayor que el miedo que podía sentir hacia aquel misterioso encuentro. En 10 minutos llegué a la concurrida plaza de María Pita, podía ver las terrazas cubiertas y los bares que se disponían por toda la plaza llenos de gente tomando unas copas, jugando a las cartas, charlando,… Decidí sentarme en una de las terrazas y tomar un café para calentarme la garganta, mientras esperaba a no sabía a quién, pues no tenía idea que quería aquella persona de mi, no sabía siquiera si me habían tendido una trampa, o si no era más que una broma, asique me resigné a lo que podría pasar. Eran las 10:45, ya había acabado el café y no había venido nadie ha hablar conmigo, asique defraudado y pensando que había sido una broma decidí irme. Estaba cruzando la plaza cuando al pasar junto a la estatua de María Pita sentí que alguien me agarraba por el brazo y tiraba de mí, asustado giré la cabeza bruscamente. Ante mí había un hombre de gafas rubio muy corpulento, más o menos de mi estatura que me miraba fijamente y a la vez me agarraba fuertemente del brazo.

-¿Qui…? ¿Quién es usted?-pregunté temeroso

-Aquí no podemos hablar, vamos a otro sitio-respondió el hombre a la vez que tiraba de mi en dirección a un estrecho callejón donde solo había una taberna de mala muerte allí escondida-Entraremos aquí si no te importa, estaremos más tranquilos

Yo había enmudecido ante aquello y tardé varios segundos en responder, ante la mirada atónita de aquel sujeto.

-Por mí bien-respondí al fin.

-Bien, entonces entremos.

Nos sentamos en una mesa pegada a la única ventana de aquel cuchitril, mientras un grupo de camioneros que jugaban al billar nos miraron con curiosidad. Debían sentirse extrañados de que alguien entrara por primera vez allí sin ser ellos.

-¿Quieres algo?-preguntó el tipo.

-No, gracias. Acabo de tomar un café.

-¡Una cerveza, por favor!- gritó dirigiéndose al tabernero

-¿Me podría decir quién es usted?-pregunté

-¿De verdad no me reconoces? ¿Tanto he cambiado?

-La verdad… creo que no le conozco-dudé.

-Quizás esto te haga recordar-entonces sacó una foto del bolsillo de la chaqueta y la puso sobre la mesa acercándomela.

Me dio un vuelco al corazón al verla, de repente casi todo el enigma que había intentado resolver durante todos aquellos años estaba hecho, pero no gracias a mí si no a la persona que acababa de enseñarme aquella foto…En la que quienes aparecían eran ni más ni menos que yo y mi hermano de pequeños balanceándonos en unos columpios. No podía ser cierto… ¡Aquel hombre tenía que ser mi hermano!

-¡Eres Daniel!-exclamé

-¡Por fin me has reconocido! ¿Es que he cambiado tanto?

-Pues claro que has cambiado, no te reconocía, además, ahora llevas gafas y estás totalmente distinto.

-Tú también has cambiado mucho. Mírate. Ya eres todo un hombre.

Dicho esto los dos nos levantamos y nos dimos un abrazo.

-Te estuve buscando durante mucho tiempo. Pensé que habías vuelto-dije.

-Yo también te busqué, me enteré de que te habías hecho policía y que estabas aquí, en A Coruña, por eso decidí dejarte el paquete en la comisaría donde trabajas.

- ¿Y por qué tanto misterio con lo del paquete?-pregunté

Quería asegurarme de que vendrías, siempre te han gustado los misterios. Si te dijera que era tu hermano, pensarías que era una broma, pasarías de venir y olvidarías el tema. Además, quería darte una sorpresa.

Como me conoces..., ¿Y que es de tu vida?

En ese momento le sonó el móvil; lo miró y su rostro mudó completamente serio, como si acabara de ver un fantasma.

-Yo estoy bien. Tengo que irme, siento no poder quedar hablar contigo, tengo tantas cosas que contarte…-dijo con la mirada triste- te doy mi número y ya quedaremos.

-Está bien-respondí

Luego se levantó de la mesa, miró inquieto por la ventana y se despidió:

-Hasta pronto.

-Hasta pronto. Cuídate mucho- le dije.

El sonrió y se marcho haciendo un gesto con la mano.

Volví a casa más contento que nunca, me tumbé en el sillón y me puse a ver las noticias sin dejar de pensar en lo que en un solo día me había pasado, quizás uno el día más movidito de mi vida en mucho tiempo. Aunque sentía que aquello no era más que un aperitivo de lo que estaba por llegar.

Me puse el pijama y me acosté en la cama, también era la primera vez que lo hacía en mucho tiempo. Casi siempre me quedaba tumbado en el sofá leyendo alguna novela de misterio y no solía descansar mucho, pero aquel día era especial. Al rato, el sueño me venció. Por fin podría dormir tranquilo.